Música

Tomavistas sobrevive al aguacero gracias a Ride, Django Django, Novedades Carminha y La Casa Azul

No estaba previsto que lloviera después de las tres de la tarde este viernes en Madrid, pero lo hizo y a lo grande a eso de las siete y las ocho de la tarde. Parte del público asistente a Tomavistas desistió, otro se entregó a los secadores de los baños de los bares de Méndez Álvaro, otro pidió a colegas que le acercaran sudaderas y jerseys secos, y lo cierto es que, gracias los que resistieron empapados, refugiándose a duras penas en urinarios, bajo mesas o árboles, el recinto del parque Enrique Tierno Galván se vio bastante abarrotado, si bien nunca desbordado, a última hora. Todas las fotos son de Javier Rosa para Tomavistas Festival, tomadas de su página en Facebook.

La Plata eran uno de los primeros grupos en actuar en la jornada del viernes. Su debut ‘Desorden’ tiene hits por un tubo, y escuchar ‘Miedo’ seguida de ‘Me voy’ seguida de ‘Tu cama’, sin apenas pausas entre ellas fue nada más empezar Tomavistas uno de los highlights del festival. Tras ‘Un atasco’ tampoco dejaron espacio ni para los aplausos, tocando inmediatamente seguida ‘Esta ciudad’. Siguen sin estar dispuestos a que sea su único éxito y hace tiempo que ya no lo es. Como pegas, algún momento puntual de los teclados (cuando sonaban demasiado en primer plano), algún punto en la voz de Diego (le sienta mejor la noche que la luz de las seis de la tarde, como a todos los punkies; también se quejó con razón de que la gente estaba demasiado lejos del escenario) y algún repicar raro de la batería (en ‘Un atasco’), pero tiene mérito que con un solo disco tengan uno de los mejores repertorios de todo el festival. Hacía tiempo que no se escuchaba un disco de rock con tantísimas canciones prestas para el «sing-along». Sebas Alonso.

Disco Las Palmeras! presentaban el reciente ‘Cálida’, en el que han dado un viraje decisivo en su sonido. En esa tesitura más pop y menos ruidista, su sonido en directo es incluso más limpio que en el álbum, dejándoles algo más indefensos de lo que acostumbraban (la sonorización de los metales sintetizados no pareció la mejor en ‘Alegría’ o ‘Ensalada de plantas carnívoras’). Aún así, sus nuevas canciones son tan redondas que lograron, pese a ser aún poco conocidas, mantener una energía que, cuando desembocaba en catarsis noise –como en el caso de ‘Bestia’, de final enorme y confirmándose como nuevo gran hito en su carrera– se acercaba a la de trallazos previos como una brutal ‘Tarde y mal’, ‘Cállate la boca’, ‘Morir o matar’ o esa ‘Élites’ final, que nos dejó dulcemente ensordecidos. Raúl Guillén.

Después de las siete empezó a llover y el simpático chirimiri se convirtió en una tormenta seria. Los que la padecieron de lleno fueron los argentinos Él mató a un policía motorizado y sus entregados fans. Sin embargo, nada parecía poder con unos y otros: ni siquiera haberse desembarazado, nada más empezar, de una canción tan importante como ‘El tesoro’ pareció afectar a un repertorio (centrado en ‘La síntesis O’Konor’) tremendamente sólido y fantásticamente ejecutado por el sexteto (un percusionista amplía la formación en vivo), aprovechando el fantástico sonido del escenario Four Roses. El rock con cierta tendencia a lo oscuro y lo melancólico de ‘La noche eterna’ o ‘Destrucción’ se escoró hacia lo bailable, con ‘Ahora imagino cosas’ como epicentro de la fiesta. A partir de esto, todo el anfiteatro se rendía a números como ‘El mundo extraño’ y ‘Fuego’, propiciando que el tormentazo casi monzónico no sólo no espantara a buena parte del público, sino que bailar ‘Yoni B’ y ‘Chica de oro’ bajo la lluvia se convirtiera en uno de los momentos más inolvidables de esta edición de Tomavistas. Raúl Guillén.

Los equipos del escenario de Iseo se cubrieron con plásticos, su concierto muy obviamente se retrasó en medio del aguacero y después de decenas de minutos de espera y con bastante público esperando, las pantallas anunciaron la cancelación “por lluvia” del show de “Eseo & Dodosound” (sic). “Pero si yo solo he venido por Iseo, La Casa Azul y Javiera Mena”, se escuchó decir a un muchacho. Superchunk empezaba a sonar de fondo en el escenario grande. Sebas Alonso.

El grupo de Mac McCaughan se presentaba sin Laura Ballance en la formación, pero con una energía y una profesionalidad extremas. Su indie rock de ascendencia hardcore y punk supuso un buen aliciente para el público que trataba de recuperarse, empapado, de la traicionera meteorología. Superchunk tiró de ímpetu, de empatía (Mac se esforzaba por chapurrear el español) y de las grandes canciones de su nuevo disco, ‘What a Time To Be Alive’, para enmendarnos el dramilla. Así, ‘Lost My Brain’, la propia ‘What a Time…’, ‘Black Thread’ (culminada con un precioso solo de Mac) y sobre todo ‘Erasure’ (momento álgido del set) despertaron tanto entusiasmo en los fans de las primeras filas como ‘Learned to Surf’ o ‘Slack Motherfucker’. Un concierto encantador y balsámico. Raúl Guillén.

Belako actuaban en el escenario pequeño cuando podían haberlo hecho en el grande, como ya ha sucedido en otros festivales, por ejemplo en el Low, y hace años. Por supuesto lo abarrotaron y el grupo tiene un rodaje que les hizo sonar totalmente profesionales y perfectos. Se nota que han pasado horas en el local de ensayo, que llevan un/a técnico de sonido con años de experiencia o ambas. Con su sección rítmica se te van los pies, en el micro está tan medido en qué canción entra cierto efecto de voz como en un concierto de Goldfrapp. Sin embargo, su repertorio suena a menudo apocalíptico sin que se comprenda el motivo (imposible seguir o comprender sus letras, el público bailaba más que cantaba) y parece improbable que sus canciones y textos sean tan recordados o tarareados como los de los grupos noventeros que emulan, Dover incluidos. «Nos hemos quedado cortos», indicó uno de sus integrantes al final porque les sobraron unos minutos, y parecía fácil intuir la razón. El grupo dedicó, eso sí, uno de sus temas a la violencia machista. Sebas Alonso

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Como en el caso de sus compañeros de generación Slowdive, es una alegría comprobar cómo Ride no sólo están a la altura de sus supuestos tiempos dorados, sino que los superan con creces. Mejores músicos, mejores entertainers y con una idea más clara de lo que son y a qué quieren sonar –lo del shoegaze es una etiqueta que ya no aplica a su rock expansivo–, los de Oxford sonaron apabullantes desde que abrieron con ‘Lannoy Point’ hasta que cerraron con una teatral ‘Drive Blind’. Mark Gardener, Andy Bell y compañía –agrada ver cómo sus egos han encontrado también un punto de equilibrio– ofrecieron un gran set, alternando temas del pasado como ‘Seagull’, ‘Taste’ –fantástica–, ‘Leave Them All Behind’ o ‘Dreams Burn Down’ –una barbaridad calma/ruido– con la representación de su dignísimo presente (‘All I Want’ brilló especialmente, ‘Catch You Dreaming’ no tanto). Ojalá todos los comebacks fueran así de tremendos. Raúl Guillén.

El concierto de Javiera Mena en el escenario pequeño de Tomavistas fue todo un coitus interruptus. La cantante hubo de disculpar las interrupciones («Mil disculpas y gracias por la comprensión») durante los primeros minutos de show, que le impedían hacer el repertorio que tenía previsto. Tras unos 5 minutos de parón, retomó con un arsenal de pepinazos, lo que incluía ‘Otra era’, ‘Espada’, ‘La carretera’, la versión de ‘Ritmo de la noche’, ‘Espejo’ (¡vídeo ya!) o ‘Amanecer’, pero la cosa no terminó de remontar, debido a una clarísima falta de volumen. El sonido no terminaba de llegar a las últimas filas entre los miles de asistentes. Una pena porque su show de pop electrónico con dos bailarinas -y espadas- estaba enriquecido esta vez con la viveza de una gran batería y percusiones en directo. Sebas Alonso.

Pasada la medianoche y definitivamente la tormenta, Django Django eran una de las mejores opciones posibles para actuar en el escenario grande. Su show repleto de buenos temas como los recientes ‘Tic Tac Toe’ o ‘In Your Beat’ –en la que se marcaron un genial guiño a ‘Rapture’ de Siouxsie and The Banshees– es tan bailable como un set de electrónica, pero nunca llega a abandonar el componente orgánico con el que los conocimos, el de una banda de pop-rock. El concierto terminó entre efectismos de sirenas y alarmas, pero lo mejor era comprobar lo bien que pueden encajar las guitarras eléctricas en un espectáculo que no parece recostarse tanto en ellas. La banda está definitivamente más cerca de la intelectualidad de unos Wild Beasts que de lo facilongo de unos Klaxons, y también fue una gozada asistir al baile de piernas de su teclista Tommy Grace. Sebas Alonso.

«A ver qué hacen mañana Los Planetas…», espetaba desafiante Carlangas llegando al final del set de Novedades Carminha. Esta simpática bravuconada podría parecer un chiste, pero no lo fue, en cuanto a que los gallegos ofrecieron el set, con diferencia, más divertido de cabo a rabo de toda la jornada. Con breves pero guasonas presentaciones, el grupo de Santiago mostró un repertorio cuajado de grandes canciones de un rock ecléctico (salsero, cumbiero, funkero o krautero, a placer) que tuvo metido en el bolsillo a todo el público de principio a fin. Merendándose casi todo ‘Campeones del mundo’, salpicándolo con recuerdos a ‘Juventud Infinita’ y ‘Jódete y baila’, poniendo en valor su presente (‘Te quiero igual’ es ya uno de sus mayores hits, también en vivo), Novedades hicieron gozar a todo el que pasó por el escenario Tomavistas, premiándonos aún más con una bárbara versión final de ‘Demolición’ de Los Saicos. ¿No podrían programarlos hoy otra vez? Raúl Guillén.

La Casa Azul era el verdadero grupo por el que miles de personas sobrevivieron a la lluvia y su espectáculo, ya asentado en el formato grupo -aunque esta vez sin metales- no decepcionó. ‘Podría ser peor’, ‘Sucumbir’, ‘Superguay’, ‘No más Myolastán’, ‘El momento’ o al final ‘La revolución sexual’ fueron celebradas y coreadas por el público como siempre, con Guille agradeciendo al final que hubiéramos aguantado la tormenta «como jabatos». Se echaron de menos ‘Cerca de Shibuya’ y en general algo más de duración del concierto, pero al menos sonaron un par de canciones desconocidas, una que podríamos considerar un poco «traphael», pues se acerca a los ritmos de la música urbana actual sin que Milkyway pierda ese ademán tan raphaelesco que tienen partes de muchas de sus canciones, y otra llamada ‘Nadie nunca pudo volar’, más situada entre ‘La revolución sexual’ y ‘Podría ser peor’, también con su «drop». Sebas Alonso.

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