Bowie como icono visual de los 80

Por | 12 Ene 16, 1:26

laberintoAún en duermevela me he metido en la ducha, y casi lo primero en lo que he pensado ha sido en el enfoque en que daría a la crítica de ‘Blackstar’, que debía hacer con urgencia. Unos minutos después, me llegaba un whatsapp de un amigo: “se ha muerto Bowie”. Total Blam Blam. No podía reaccionar. Se lo he contado a mi mujer en la cocina, se ha quedado boquiabierta y la he abrazado. Pero no he llorado. Con miedo a un derrumbe difícil de explicar, he desayunado sin decir palabra, pero en realidad deseaba contárselo a los niños, como si de la pérdida de un miembro de la familia se tratase. “Niños, se ha muerto Bowie”. “¿Quién?”. “El señor que se inventó a Ziggy Stardust, ese muñeco de tela de vuestra habitación que no sabéis si es chico o chica”. “…”. Mejor dejarlo estar, de momento. Escucho ‘Blackstar’ en shock dos veces incapaz de escribir nada, pienso, que pueda estar a la altura de una pérdida tan devastadora para la Humanidad. Y nada, ni una lágrima, ni siquiera congoja.

¿Qué puedo decir de Bowie sin caer en los tópicos “camaleónico”, “leyenda”, “mito”…? Como siempre, quizá lo mejor sea ir al principio, mi principio. Pienso “¿cuál es mi primer recuerdo de Bowie?”. Eso es. Mis recuerdos de Bowie, los propios, no los creados, son videoclips y películas. Solemos ponderar la incuestionable grandeza de su vasta y crucial obra musical, pero dejamos un poco de lado el poder de su obra visual, que ha contribuido tanto como sus canciones a convertir a Bowie en el icono de la cultura popular de las últimas cuatro décadas que es y seguirá siendo.

La melena ensortijada de aquella primera aparición televisiva (si aún hoy impacta, no podemos imaginar lo que debió suponer en 1970), la dorada etapa glam (el juego transgénero, la androginia y el maquillaje circense han sido desde entonces un símbolo y un estímulo en la lucha LGTB) y la no menos teatral, aunque más austera, época berlinesa conforman, junto con todos aquellos discos monumentales, uno de los episodios más brillantes de la Historia del Pop. Dejar atrás aquello no era nada fácil.

Así que, para cuando yo abría los ojos al mundo, en los 80, David ya era un icono y, aunque aún no lo sabíamos, ya había entregado sus álbumes más legendarios. De hecho, esa década, pese a ser nada menos que la era de ‘Modern Love’, ‘Blue Jean’, ‘Ashes To Ashes’, ‘Let’s Dance’…, se llevaría unos cuantos palos por parte de la crítica (merecidos, en buena medida) por discos como ‘Tonight’ o ‘Never Let Me Down’. Sin embargo, el tiempo ha convertido aquellos años en otro nuevo hito de su siempre mutante carrera. Su talento y su instinto le permitieron perpetuarse en la mente de nuevos jovencitos y jovencitas y, otra vez, lo logró en buena medida gracias a su faceta visual. Como si fuera sabedor de que había quemado una fase creativa inigualable, Bowie apostó sobre todo por la imagen como plataforma para trascender y calar a través de un formato en imparable pujanza en la industria: el videoclip.

Pese a que se había apoyado en el formato desde sus inicios (y me refiero a su etapa mod), en los 80 Bowie leyó perfectamente el potencial narrativo y la capacidad del clip para dejar una nueva impronta a toda una nueva generación y lo empleó como pocos: el clown post-nuclear de ‘Ashes To Ashes‘; el músico ambulante tocando en un sudoroso antro con guantes blancos de ‘Let’s Dance‘; las escenas de sexo interracial (bastante explícitas para la época) en la playa de ‘China Girl‘; el cautivador Screaming Lord Byron de ‘Blue Jean‘; los desatados movimientos de culo (y la innegable química) junto a Mick Jagger en la revisión de ‘Dancing In The Streets‘; los vigilantes ángeles blanco y negro de ‘Day-In Day-Out‘… Una colección de imágenes que logró perpetuar su influencia y que, pese a sus sombras, aún hoy se percibe con fulgor.

Insistiendo en la importancia que tuvo la imagen para Bowie en aquella década, es obligado reparar en que David Jones apostó fuertemente por su carrera como actor. Tuvo papeles importantes en ‘Feliz Navidad, Mr. Lawrence’, ‘El ansia’ (film de Tony Scott en el que formaba un mítico y vampírico trío sexual con Susan Sarandon y Catherine Deneuve), ‘Cuando llegue la noche’ (de John Landis), ‘Absolute Beginners’ (un musical con canciones compuestas por él) y ‘La última tentación de Cristo’ (donde interpretaba a Poncio Pilatos). Sin embargo, su papel más icónico, por diversos motivos, fue el de Jareth, el rey duende, interpretado en ‘Dentro del Laberinto’, de Jim Henson. La película, una superproducción que resultó ser un sonado fracaso de taquilla en su momento de estreno, se fue convirtiendo en un sleeper de videoclub que poco a poco fue adquiriendo la etiqueta de película de culto. Pese a que su caracterización de personaje mágico parecía una evolución del look glam de diez años antes, lo cierto es que, en cierto modo, el personaje de Jareth alberga una romántica metáfora sobre la carrera de Bowie. El Rey Duende es un maestro del disfraz, con el poder de crear esferas de vidrio que guardan sueños, y que lidera e inspira a una multitud de seres inadaptados que viven en un mundo bajo tierra.


Pocas horas después de comenzar este texto, escucho ‘Where Are We Now?’ mientras leo un tuit de Annie St Clark, St Vincent, que dice escuetamente “NO”. Al fin, se me hace un nudo en la garganta.

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