Si hay alguna garantía en la música de Zach Bryan, es que se va a abrir en canal. Sus canciones exponen sus pensamientos, emociones y heridas sin ningún miedo a mostrarse imperfecto y vulnerable. Este característico derroche de apasionada sensibilidad vuelve a ser el motor de ‘With Heaven On Top’, su sexto álbum de estudio.
El prolífico cantautor de Oklahoma comienza el disco, como ya es habitual, recitando un poema (‘Down, Down, Stream’), en el que utiliza el agua como metáfora del fluir del tiempo. La primera canción como tal es ‘Runny Eggs’, una balada existencialista que comienza con el sonido de la harmónica y guitarra acústica donde Bryan busca un propósito, algo que le haga sentirse vivo, incluso si eso conlleva el riesgo de morir, como correr en los encierros de Pamplona o subirse a un toro en los rodeos de Oklahoma. El tono grave y el estilo americana sienta las bases de lo que se encontrará en buena parte de las canciones restantes.
Aún así, a lo largo de ellas también hay tiempo para momentos más eufóricos en los que se acerca al heartland rock, dejando a un lado sus meditaciones intimistas en favor de enérgicos y pegadizos estribillos, como en ‘Santa Fe’, ‘Apetite’ o ‘Dry Deserts’, todas ellas impulsadas por unas festivas secciones de vientos; o en ‘Rivers and Creeks’ y ‘Slicked Back’, que son animados números country-rock que hacen respirar el conjunto.
Otros cortes se adentran en dolorosos terrenos personales, como ‘DeAnn’s Denim’, donde el cantautor recuerda a su madre, quien sufría de alcoholismo. Este tipo de problemas de adicciones y depresiones se extienden a lo largo de otras generaciones en su familia. A veces los genes pueden ser algo feo, concluye. Pero en la sentida balada ‘Aeroplane’ está listo para dejar ese pasado atrás (“Y digo adiós a quien solía ser / voy a empezar un incendio forestal en mi árbol genealógico”) mientras viaja en avión a España, donde nunca había estado. Nuestro país tiene presencia en este álbum ya que Bryan acaba de casarse en San Sebastián, la única fecha española hasta el momento en su gira mundial durante esta primavera.
La voz del cantante continúa siendo un poderoso vehículo para transmitir sentimientos honestos. En ‘Plastic Cigarette’, sobre un amor frustrado, su registro grave brilla sobre unos expresivos punteos de guitarra, mientras que en ‘Bad News’, una extraordinaria canción sobre la reciente pérdida de la identidad estadounidense debido a su tumultuoso estado actual (deportaciones masivas, polarización, extremismos, etc), a Bryan se le llena la voz de rabia al llamar a los agentes de ICE “hijos de puta engreídos”. La enorme desilusión de ver a su adorado país en un momento tan preocupante se traduce en la desesperanzada entonación de versos como “tengo malas noticias, se desvanece nuestro rojo, blanco y azul”.
Todas las canciones de ‘With Heaven On Top’ funcionan a la perfección por separado. Están excelentemente escritas e interpretadas, y la producción y arreglos siempre consiguen elevarlas. Sin embargo, al ser un disco tan largo (25 canciones y casi 80 minutos) y no demasiado innovador en sus formas, termina agotando por simple acumulación. Hay grandes momentos a destacar, pero también otros que resultan excesivamente redundantes, hasta el punto de que es inevitable pensar que si durara media hora menos, sería un álbum bastante mejor.
En cualquier caso, esto no parece preocupar lo más mínimo a su autor, cuya productividad creativa no conoce límites. Lanza prácticamente un álbum al año, más varios EPs y sencillos sueltos. Y es difícil encontrar en su catálogo una canción mala. En ‘With Heaven One Top’ no la hay. El cantante compone un extenso documento sobre el crecimiento personal y la reconciliación con su propio pasado dentro de un complejo contexto político. Y, sí, puede que la bandera de Estados Unidos esté cada vez más desgastada, pero Zach Bryan puede hacer brillar sus colores, aunque solo sea mientras dura una de sus canciones.