Pocas bandas hay más fieles a su marca que Joyce Manor. Los californianos llegan a su séptimo álbum con una manera de hacer las cosas muy consolidada. A lo largo de sus más de 15 años de carrera, su sonido ha ido evolucionando muy paulatinamente. Ante todo, son y siempre han sido un grupo pop punk -antes de que hubiera ningún revival del género-, uno que prioriza la inmediatez de un buen estribillo por encima de la construcción progresiva de las composiciones.
En ‘I Used to Go to This Bar’, las canciones vuelven a ser brevísimas pero increíblemente efectivas para el poco tiempo en el que se extienden. En tan solo 19 minutos, el grupo dice todo lo que tenía que decir, y el regusto final que deja lo respalda. Sacia lo necesario para que uno no se quede con hambre, aunque sin llenarte hasta sentir que explotas. Una labor nada sencilla, pues no sería extraño quedarse corto ante una duración tan escueta, pero Joyce Manor son expertos en ejecutar ideas con una concisión poco común.
Temáticamente el álbum transita por territorios oscuros, como la pérdida o la depresión, con letras que van revelando sus capas conforme avanzan, como en el corte titular, donde Barry Johnson recuerda los tiempos en los que solía ir al bar de al lado de su casa, un bar corriente sin ningún atractivo particular más allá de la conveniente distancia a la que se situaba. En el segundo verso revela que el amigo que desearía que estuviera con él allí ha fallecido. “El tiempo pasa muy despacio”, canta Johnson, envolviendo a la canción en una triste nostalgia que contrasta con su energética melodía power pop.
En ‘All My Friends Are So Depressed’, la banda lidia con la apatía del día a día y se plantea cuestiones existenciales como “¿Por qué existir? ¿A quién coño le importa?”. En ella abandonan por un momento su espíritu punk para invocar a The Smiths en una canción jangle pop donde hasta la voz del cantante recuerda a la de Morrissey. No se encuentra entre lo más interesante del álbum, pero sí funciona como una agradable modificación de la fórmula y, por supuesto, sigue siendo enormemente pegadiza. Aunque no es tan potente como la adictiva ‘I Know Where Mark Chen Lives’, un himno emo para cantar hasta dejarse la voz, o ‘Well, Whatever it Was’, con su atractivo sonido californiano.
Algo más calmada es ‘All You Put Me Through’, que enamora con una línea de bajo que se repite y un precioso riff de guitarra en un estribillo melódico, cargado de dulzura y tristeza, ante el que resulta difícil no caer rendido. Justo después, en ‘The Opossum’ la banda vuelve a sus ritmos rápidos y a sus juegos guitarreros, y en ‘Well, Don’t It Seem Like You’ve Been Here Before’ abogan por la colectividad en un estribillo cantado a varias voces y añaden pequeños tonos country al final con un pasaje de armónica. La gran ‘Grey Guitar’ clausura el álbum con nostalgia: ante la imposibilidad de volver atrás y recuperar lo que perdimos, no queda más remedio que seguir tocando esa guitarra gris.
Tras siete álbumes, Joyce Manor no quieren inventar la rueda, y está claro que no lo intentan en ‘I Used to Go to This Bar’, pero su capacidad para crear melodías pop permanece intacta. Como cada disco del grupo, nada más terminar, querrás volver a él. ¿Acaso no es eso un indicativo de calidad? Como dicen en inglés, si algo no está roto, no lo arregles.