El concierto de Tame Impala en Madrid es lo más parecido que voy a estar nunca de ir a Tomorrowland. Hace unos años, esta afirmación no hubiese tenido ningún sentido. ¿En qué se parece un show de rock psicodélico al festival de electrónica más grande del mundo? Después del lanzamiento de ‘Deadbeat’, en mucho.
Kevin Parker ofrece varios conciertos dentro del mismo recital, mezclando la psicodelia retro por la que empezó a ser conocido al principio de su masiva carrera con el tecno etéreo de su último disco. Esta mezcla de sensaciones podría jugar en su contra, pero el australiano se encarga de separar ambos mundos de forma muy efectiva para no liar a nadie. En otros momentos, como con la catártica ‘Let it Happen’, uno se da cuenta de que esos dos mundos siempre habían estado ahí.
La primera parte, comenzando con ‘Apocalypse Dreams’, deja claro que Parker desayuna discos. Este no necesita cambiar de tono ni realizar ninguna filigrana para adaptar sus éxitos al directo: el falsetto es totalmente real. Esta es una deliciosa sorpresa que se mantiene mientras se suceden otras favoritas de los fans, como ‘The Moment’ o ‘Borderline’. Al mismo tiempo, el foco no está puesto en él -pese a ser Tame Impala un proyecto en solitario- ni en la banda que lo acompaña. De hecho, el escenario sobre el que tocan es minúsculo. Lo enorme ocurre en el resto de la sala.
Mi posición en el show era privilegiada, colocado justo en frente de la acción. Así, el alucinante espectáculo visual que propuso Tame Impala consiguió envolverme completamente. No lo habría disfrutado de la misma manera si hubiese visto el concierto desde los laterales. La música del australiano siempre se suele asociar con las drogas psicodélicas, por razones evidentes, pero ayer no hacía falta ir perjudicado de ninguna manera para sentirse en otro universo. Venía con la entrada. Hablo de luces de vivos colores, láseres que inundan el Movistar Arena de arriba abajo y figuras geométricas que podían embobar a cualquiera. No era la típica iluminación de un show de rock, sino una pequeña obra de arte visual, tan protagonista como las propias melodías. En este sentido, el técnico de luces fue el MVP de la noche. ´
Todo esto fue gracias a un aro de luz gigante que colgaba del techo e iba girando y adoptando nuevas posiciones a lo largo de la noche, aunque daba la sensación de que con cada canción aparecían nuevos puntos de luz. Solo en ‘Breath Deeper’, por ejemplo, se desplegaban hasta tres configuraciones visuales diferentes. En ‘Elephant’, uno de los clásicos del australiano, el alumbrado era tan desquiciado como el propio tema. Durante ‘Nangs’, ese apartado era tan potente que toda la pista estaba iluminada con las pantallas de los asistentes, que no podían permitirse no grabar lo que estaba sucediendo. Con el riesgo de parecer pedante, solo puedo describir las luces en esta canción como celestiales. Hasta el propio Kevin Parker aprovechó para fumarse un cigarro en el escenario mientras disfrutaba del interludio. Sí que es cierto que el espectáculo no alcanzaba estos niveles, al menos en este punto del show, con las canciones de ‘Deadbeat’. Estas parecían más centradas en imitar la paleta de colores de la portada: blanco y negro. Es decir, aburrimiento.
A mitad de set, Kevin dejó el escenario mientras la cámara le seguía a través de las pantallas. Bromeé con que se estaría meando. Así era. No sé cómo, pero de repente el concierto pasó de la espectacularidad total a un POV de un tío meando en los baños del Movistar Arena. Este cambio de tono adelantaba la parte más floja del concierto. Al regresar, Parker no se juntó con sus compañeros en el escenario principal, sino que oscureció las luces y se subió a un pequeño set, muy cerca de la pista y al lado de la mesa de técnicos, que imitaba su habitación. Con lamparitas de noche y todo. Este se encargó de pinchar y mezclar las bases de ‘No Reply’, ‘Ethereal Connection’ y ‘Not My World’ en directo, como si de un boiler room improvisado se tratase. Ahora el protagonista sí era él. Este buscaba ser un momento íntimo, una especie de vistazo al proceso de creación de ‘Deadbeat’, pero acabó siendo un parón de ritmo bastante importante. Veíamos a Parker jugar con su mesa de mezclas y cantar mientras estaba tumbado en el suelo. “¿Es esta la desgana con la que ha hecho su último disco?”, pensaba yo.
El que parecía tímido se desinhibió completamente después de la euforia colectiva de ‘Let It Happen’. Hasta este momento, y pese a estar disfrutando muchísimo del concierto, tenía la sensación de que Parker estaba en modo automático. Entonces, empezó a hacer chistes sobre el Vegemite (“Os amo más a vosotros”) y se vio realmente sorprendido por los repartidores de cerveza del Movistar Arena: “No he visto esto en ningún otro sitio”, comentó. Pidió una cerveza y se la bebió de un trago. Nos vamos acercando cada vez más a Tomorrowland.
El tercio final del concierto destacó por la interpretación de ‘List Of People (To Try And Forget About)’, que según entendí se trataba de la segunda vez que la tocaban en directo; la vuelta al rock psicodélico puro con ‘Expectation’, que nos transportó directamente a Woodstock; y el despliegue de los mayores éxitos del australiano, como ‘New Person, Same Old Mistakes’ y ‘The Less I Know The Better’.
La línea entre Tame Impala y Tomorrowland se difuminó totalmente en esta sección, repleta de himnos, trucos visuales y, sobre todo, una sensación de unión que solo la mejor electrónica puede ofrecer. ‘Eventually’ fue la experiencia religiosa del concierto, sin ningún tipo de duda. El broche final con ‘End Of Summer’, por otro lado, lo pondría delante de cualquier festival de electrónica. Mientras el público disfrutaba de los últimos pasos de baile, Parker era el DJ más satisfecho del mundo. Brazos abiertos y ojos cerrados. Yo me quedo aquí.