El segundo largometraje de la directora alemana Mascha Schillinski, ganadora del Premio del Jurado en Cannes (ex aequo con ‘Sirât’), es una de esas obras cuya singularidad y virtuosismo dejan al espectador removido y en estado de shock. ‘El sonido de la caída’ cuenta la historia de varias mujeres en una misma casa rural durante aproximadamente un siglo, desde principios del XX hasta prácticamente la actualidad. Su narrativa impresionista, que en un principio confunde, va poco a poco adquiriendo nitidez conforme empiezan a encajar las piezas del complejísimo engranaje narrativo que despliega la cineasta.
El tema principal sobre el que orbita la película es el trauma de las mujeres a lo largo de la historia. Una herida que es intergeneracional, y que pese a los avances sociales que han mitigado parte del sufrimiento de la experiencia femenina, nunca ha dejado de sangrar del todo. Así, los personajes de ‘El sonido de la caída’ (interpretados por un elenco extraordinario) son criaturas atrapadas en un sistema opresor del que anhelan liberarse, siendo plenamente conscientes de la imposibilidad de hacerlo. Schillinski no da pie al optimismo, convirtiendo su obra en una dolorosa exploración de todas las vidas de mujeres atravesadas por la violencia, y plasmando con una poesía emocionante su voluntad de desaparecer para siempre.
Sin embargo, no hay ni una pizca de didactismo, ni ninguna intención de dar sermones a nadie. Es más, la cineasta propone una narración muy exigente y no lineal, que no facilita la información al espectador, sino que lo adentra en un juego fascinante, aprovechando al máximo el medio cinematográfico con imponentes movimientos de cámara.
Cada plano está compuesto con una meticulosidad y un preciosismo apabullantes, pero no son postales vacías. La belleza pictórica de la propuesta está respaldada por un guion muy inteligente y lleno de símbolos, que eleva el sentido visual sensorial tan único que le imprime Schillinski.
Por momentos, el estilo de la directora puede recordar a la frialdad de otros cineastas europeos como Haneke, aunque aquí hay un acercamiento mucho más empático hacia el calvario de sus protagonistas. Realmente no existe ninguna película parecida a ‘El sonido de la caída’, y eso es lo que hace que su valor sea aún más grande si cabe.
Su originalidad brilla tanto en su suntuoso dispositivo formal, como en su manera tan lírica y fantasmagórica de contar una historia de gran crudeza, en la que se habla, entre otras muchas cosas, de sobrevivir a las guerras (y a sus secuelas) y a la violencia sexual. Schillinski sumerge al espectador en un universo lúgubre que sobrecoge, sacude y hace levitar como solo lo hacen las grandes obras de arte.