En ‘Hardcore Henry’, el director Ilya Naishuller adaptaba la gramática del videojuego en primera persona al cine de acción y ciencia ficción. La originalidad de la propuesta le abrió las puertas de Hollywood (‘Nadie’, ‘Road House 2’) y de la industria musical: en ‘False Alarm’, de The Weeknd, el realizador ruso seguía exactamente la misma estrategia formal, un shooter en primera persona tipo ‘Call of Duty’.
Vince Staples parece haberse inspirado en las obras de Naishuller para la realización de ‘Blackberry Marmalade’.
Rodado en el famoso restaurante Frank’s de Burbank, un icono de los viejos diners californianos que ha aparecido en ‘Euphoria’, ‘Perdida’ o en el clip de Childish Gambino ‘Sweatpants’, el vídeo comienza con un plano muy elocuente de la bandera de Estados Unidos. Lo que sigue es una coreografía de violencia filmada desde la perspectiva subjetiva del protagonista, obligando al espectador a adoptar la mirada del asesino.
Pero, más allá del virtuosismo técnico, el clip funciona como una sátira feroz de ciertos imaginarios profundamente estadounidenses: la cultura de las armas, la violencia convertida en espectáculo y los tiroteos como expresión extrema de la frustración del individuo contemporáneo. El viejo diner, emblema de la América cotidiana, deja de ser un espacio de confort, para transformarse en un escenario de una carnicería absurda.
El remate llega con una frase de Martin Luther King: “La pregunta no es si seremos extremistas, sino qué clase de extremistas seremos”. La cita, procedente de la ‘Carta desde la cárcel de Birmingham’ (1963), introduce una ironía incómoda: el idealismo moral del activismo por los derechos civiles reapropiado en un contexto de violencia criminal, como si la nación hubiese pervertido sus propios mitos hasta sustituir el radicalismo moral de la justicia social por otras formas -individualistas, conspiranoicas, nihilistas- de extremismo, vaciadas de toda lógica emancipadora.