Zara Larsson está preocupada por el precio de sus conciertos, consciente de que es algo elevado. Es de las pocas artistas que quiere involucrarse más con esta parte de la industria, ahora que se ha convertido en uno de los nombres más grandes del mundo del pop. ¿Por qué no hay más artistas como Zara Larsson?
En un vídeo subido recientemente a TikTok, la artista sueca habló sobre las entradas de su próximo concierto en Bangkok, siendo esta la única fecha sin agotar de la gira de ‘Midnight Sun’: «Estoy de acuerdo con vosotros. Creo que las entradas son muy caras, y aunque están acorde al mercado para conciertos internacionales en Bangkok, eso no las hace menos caras», comentó Larsson. Estas varían entre los 85 y los 120 dólares, sin tener en cuenta el paquete VIP, que se nos iría a casi 300 dólares.
«Personalmente, no creo que un concierto tenga que ser una cosa súper exclusiva o algo para lo que necesite ahorrar durante meses. Y aunque no soy yo la que fija mis precios, creo que he estado aprendiendo mucho estando de gira durante el último año y siento que puedo tomar el mando», concluyó la artista. Siendo este un mensaje tan sensato y cabal, parece mentira que llame la atención por su rareza. ¿Qué impide a un artista meter mano en el precio de sus entradas?
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Obviamente, nadie entra en la página de Ticketmaster y fija los precios de sus conciertos a mano. Este se negocia dentro de la maquinaria de la industria, en la que puede intervenir promotores, recintos, representantes, ticketeras… Esto está claro. Sin embargo, tampoco sería cierto decir que ningún músico tiene poder sobre ello.
Ahí está el ejemplo de Robert Smith y The Cure. La banda británica demostró su compromiso con los fans decidiendo los precios de su gira de 2023, rechazando los precios dinámicos y las entradas Platinum de Ticketmaster, y lanzando entradas a 20 dólares. De hecho, cuando las comisiones de Ticketmaster eran superiores a los propios precios de los tickets, Smith se quejó y consiguió los reembolsos pertinentes: «Lo de los precios dinámicos es una estafa y todos los artistas tienen la opción de no participar. Si nadie lo hiciese, no existiría», aseguró.
Hay al menos cuatro razones principales por las que no existen tantos artistas dispuestos a meter mano en el precio de sus entradas. La primera es el prestigio. No todos los artistas son Robert Smith. Claramente, Zara Larsson, que acaba de petarlo en Estados Unidos el año pasado, no va a tener las mismas posibilidades de negociación con Ticketmaster que una banda tan consagrada como The Cure.
La segunda es el dinero. Es de cajón, pero no todos opinan que las entradas de sus conciertos son caras. A muchos artistas les interesa mantener elevado el precio de sus shows para ganar más dinero. Eso es así, y que los tickets estén a precio de mercado tampoco les convierte en villanos. Aquí es donde entra el tercer punto.
Una causa directa de los elevados precios de los conciertos es el inmenso coste de las giras para la mayoría de artistas, que no ha parado de subir desde la crisis del coronavirus. La propia Zara Larsson contaba hace unos días que, aunque no quiere que sus entradas sean demasiado caras, ella no está haciendo «un gran dinero» en su gira: «Llegados a este punto, es sin ánimo de lucro», confesaba.
La última razón es la más difícil de entender. Algunos artistas simplemente no quieren meterse en un berenjenal así. Ni les interesa meterse en una cuestión moral, voluntariamente decidiendo que la accesibilidad de los precios es más importante que maximizar los ingresos de una gira, ni entienden cómo funciona del todo la relación entre promotor, ticketera, etc. Para eso tienen todo un equipo detrás.
También hay que tener en cuenta el hecho de que la culpa del asunto, en estos casos, es algo muy difuso. Un artista puede tener los precios más desorbitados de la industria, que el foco nunca estará solamente en él. Es muy fácil que nadie parezca responsable de ello, dado todos los agentes involucrados en la fijación de los precios. Esta es justamente la dinámica que quiere romper Zara Larsson con sus declaraciones, diciéndole directamente al público que los artistas, en mayor o menor medida, sí tienen capacidad de acción en estas cuestiones. Los artistas no lo controlan todo, pero tampoco carecen de poder.
Obviamente, nos seguimos refiriendo a artistas grandes. Los pequeños y medianos están demasiado ocupados intentando ganar dinero con todo esto. Sin embargo, cada vez hay más voces de acuerdo en que, cuanto mayor es el artista, mayor es su poder de negociación, y menos convincente resulta hablar de los precios de una gira como algo salido de la nada o que ya estaba ahí cuando él llegó.