«Blue film» es históricamente una manera de llamar a las películas porno. El título de la película de Elliot Tuttle no es casual, aunque ‘Blue Film’ acaba siendo bastante más que una provocación alrededor del sexo. La película se atreve a poner frente a frente a un camboy y a un pederasta y, a partir de ahí, meterse en un terreno moral bastante pantanoso sin simplificarlo todo en buenos y malos. Ya solo por atreverse, hay que reconocerle cierto riesgo.
Porque, ¿cuántas veces hemos visto en el cine a un pederasta? Normalmente como una figura monstruosa, alguien a quien temer y repudiar, una encarnación del mal. La enorme ‘The Florida Project‘, por ejemplo, utiliza al personaje de un anciano pedófilo como una presencia inquietante y amenazadora que planea sobre la historia. ‘Blue Film’, en su lugar, pone a ese personaje delante de nosotros, le deja hablar, contar su historia, explicar su culpa y convivir con sus contradicciones. ‘Blue Film’ nos obliga a escucharle, que no absolverle.
De hecho, el propio Elliot Tuttle ha contado que para construir a Hank se empapó de testimonios personales de delincuentes sexuales, y que le sorprendió hasta qué punto aparecían la culpa, la vergüenza y los abusos sufridos durante la infancia. Hank vive precisamente atrapado ahí: sigue en el mismo pueblo, ha vuelto a la iglesia y parece haber convertido buena parte de su vida en una especie de penitencia. Se enfrenta incluso voluntariamente, semana tras semana, a la persona relacionada con aquello que hizo. Es una idea muy desagradable de contemplar, pero también bastante más interesante que volver a colocar al personaje en la casilla de «monstruo».
Frente a Hank está Aaron, el joven camboy, que también tiene una historia mucho más compleja de lo que parece al principio. La película va dejando ver sus propias heridas, necesidades y contradicciones, sin convertirlo simplemente en el contrapunto de Hank. Reed Birney y Kieron Moore están muy bien los dos, especialmente porque buena parte de la película depende de sus miradas, silencios y pequeños cambios de actitud. Son dos interpretaciones muy contenidas, pero con muchísimo trabajo detrás.
Pero ese no es ni mucho menos su único mérito. El guion está escrito con mucho detalle y bastante sentido de la realidad. Los personajes tienen contradicciones, traumas, miserias y también momentos de vulnerabilidad, y nada parece construido a base de brocha gorda. La película va descubriendo sus historias poco a poco y consigue que entendamos sus circunstancias sin que eso implique necesariamente justificarlas. Es un equilibrio muy incómodo, pero funciona.
Una de las escenas más fuertes y memorables llega cuando Hank afeita a Aaron para que parezca más joven dentro de su juego de roles. Es una escena dificilísima porque puede resultar repulsiva y, al mismo tiempo, extrañamente vulnerable. Tuttle decide además cambiar ahí el formato de imagen y pasar a la cámara doméstica. El resultado tiene algo de vídeo familiar y de película de terror a la vez: una intimidad reconocible que, precisamente por eso, nos pone todavía más incómodos.
También tiene bastante mérito que consiga mantener el interés siendo una película tan claustrofóbica, desarrollada prácticamente entera dentro de una casa y apoyada durante buena parte del metraje en las conversaciones entre sus dos protagonistas. El guion va soltando información con cuentagotas y siempre hay algo más detrás de lo que estamos viendo. No necesita grandes giros ni artificios para mantener la tensión. De hecho, la película funciona mejor cuanto más se queda encerrada con ellos.
Y ya desde los títulos de crédito ‘Blue Film’ deja clara su intención. Suena el folk-pop alegre de los 60 de ‘When Love Is Young‘ de The Free Design, mientras vemos a un niño en unas imágenes que parecen sacadas de una película familiar. La canción resulta casi demasiado luminosa para lo que estamos a punto de ver, y ese contraste se queda flotando durante todo el filme.
Poco a poco, ‘Blue Film’ se convierte en algo bastante más triste. Quizá esa sea también otra acepción de «blue». Más que quedarse en lo escandaloso de su premisa, la película acaba hablando de dos soledades que nacen de lugares muy diferentes, pero que terminan resultando sorprendentemente comparables. Es probablemente ahí donde encuentra su mayor fuerza.
Por poner alguna pega, la fotografía pierde algo de elegancia hacia el final y el desenlace se pasa un poco de sentimental y de obvio, especialmente en ese regreso angustiado a la soledad. Pero son pequeños reparos para una película valiente, muy detallista y bastante más compleja de lo que podría sugerir su premisa. Incómoda y turbia, sí, pero que hace que al final merezca la pena pasar ese trago.