A romescu, al jabón de lavanda con el que la mama Laia lavaba las sábanas y las tendía en el jardín de la masía y a las brasas apagadas después de comer calçots con toda la familia. A la sal en la piel después de un banyo en la Costa Brava y al melocotón después del paseo en bici. A eso huelen las nubes catalanas.