Kenneth Branagh quiere su Oscar. Esto viene a ser su propia Roma, con un estilo más accesible para el público general pero también más convencional. El envoltorio es fabuloso y la peli tiene todos los ingredientes de crowdpleaser que gustan en los Oscars (drama, ternura, nostalgia, amor por el cine, niño cuqui, trasfondo político, actores conocidos exhibiendo funny accent para lograr una nominación (fun fact: ninguno suena a ruso), fotografía en B/N, colección de canciones de la época…) pero de algún modo al conjunto le falta alma, me ha dejado frío. Todo resulta demasiado calculado y autoconsciente. Hasta el niño resulta autoconsciente de lo pizpireto y adorable que debe parecer a la audiencia. Si he acabado detestando al niño pese a sus evidentes esfuerzos por resultar una ricura, es que la película ha hecho algo mal (o eso o que estoy podrido por dentro. O ambas cosas a la vez, que no son excluyentes). Lo único no artificial aquí son las interpretaciones de algunos adultos y la belleza de Jaime Dornan, que la cámara lo adora como a los galanes del cine clásico.