Vengo de ver Sirāt y me ha parecido tan divertida. Dentro de mis escasos referentes cinematográficos, le veo un rollo apocalíptico pero vacío, el apocalipsis como ruido de fondo tipo 28 Days Later (2002), la diferencia es que esta vez los protagonistas no están dormidos en un hospital, sino que están despiertos, dejan pasar el tren y deciden perderse para seguir de fiesta hasta que el apocalipsis acude a su encuentro. Tiene desde luego el horror hipnótico de Climax (2018) y el contraste de tragedia macro y tragedia micro de Melancholia (2011).
De entrada, la película se puede reducir a un Destino Final para esnobs. Y tacharse una falta de amplitud o desarrollo. Pero sería injusto: la cámara sigue a los humanos, y la información llega orgánicamente y en la cantidad que el desierto lo permite. No hay señal, y así debe ser, porque así es.
Por un lado, los raveros buscan lo que un ravero busca en una rave. Por otro, un padre busca a su hija (y más tarde a su hijo). Durante la película, y ante varios peligros (la escasez, los acantilados), uno va observando a los raveros tullidos y se pregunta: ¿esta gente cómo sobrevive? ¿Qué magia hacen para transformar la nada en algo? Parece que saben más que nosotros, más que el padre que busca a su hija, y así se lo hacen saber: no estás preparado para seguirnos más allá.
En varios momentos, el director nos enseña que la sabiduría de los raveros es en realidad arrogancia. Cuando la ravera mea en frente del joven militar. Cuando el perro (naturaleza) sufre una intoxicación y ellos ríen. Cuando el patapalo organiza una pequeña escena teatral con su muñón y entona una canción sobre un desertor. Parece, y esta interpretación es algo más personal, que se ría de la propia biología. Ortopedia por vicio, cuando lo tienes todo y no sabes qué perder. En contraste al niño pastor, que debe conservar lo que tiene y decide no inmiscuirse, le hablen en inglés, francés o árabe.
Arrogancia cuando anuncian la Tercera Guerra Mundial por la radio y reflexionan: Ah, y así se siente? Ok. (Quizás esperaban el vibrante subidón de una rave).
El director se ríe de ellos en varios momentos, el más obvio quizás cuando peta todo, y esta vez peta de verdad. Tristemente muere primero la más dulce de ellas, la más afectada por la pérdida del niño, la que recicla altavoces, la que le lleva el agua al padre extraviado y moribundo.
Al huir del campo de minas, lidera y escapa a la seguridad de la roca el que huye sin pensar, movido desde el vacío real de no tener ya nada. Los arrogantes, que buscaban desde un vacío hipócrita de hedonismo inoportuno, estallan. Es una paradoja miserable. El vacío real de un vacío hipócrita, cuya salvación es dejarse de escapismos, dejar atrás el individualismo (los coches risiblemente calcinados) y regresar a las vías, junto a una humanidad que huye en tren de la guerra.