De camino a casa de Eva, convencí a papá de que pasáramos por el Three Tuns de Beckenham. Bajé del autobús y papá no tuvo más remedio que seguirme. El pub estaba abarrotado de chicos vestidos como yo que iban a mi escuela y a otras escuelas del barrio. La mayoría de ellos, de aspecto anodino durante el día, en aquel momento lucían cascadas de terciopelo y satén de colores vivos, y los había incluso engalanados con telas de colchas y cortinas. Aquellos modernos hablaban de Syd Barrett en su lenguaje iniciático. Tener un hermano mayor que viviera en Londres y trabajara en el campo de la moda, la música o la publicidad era una auténtica ventaja en la escuela. Yo, en cambio, no tenía más remedio que estudiarme el Melody Maker y el New Musical Express para estar al día.