Yo nunca veía nada, aprendí a cruzar los ojos cuando era mayor. Recuerdo ver esos libros en casa de mis tíos. Mi primo tenía uno cuantos. Yo los cogia, contemplaba las páginas pasmado, leía las instrucciones pero era incapaz de adivinar nada, nada de nada. De echo siempre acudía a las últimas páginas a consultar las soluciones, recuerdo que una de ellas era una mano abierta. Nunca llegué a acertar ninguna.