No sé si este hilo le interesará a alguien, porque me parece que la audiencia de jnsp es bastante más joven de los que fuimos (somos) fans de El Último de la Fila (y después, Manolo García y Quimi Portet). Pero por si acaso:
Anoche estuvimos en el concierto de "regreso" (?) de El Último de la Fila, que llevaban sin tocar un concierto juntos desde 1996: 30 años, posiblemente much@s de quienes leáis esto no habíais nacido. El primer concierto de la gira fue anoche en Fuengirola, y creo que superó todas las expectativas (que eran muy grandes).
Para decirlo rápido y claro: no hay ninguna banda española que superara a El Último de la Fila en un escenario. La cercanía indescriptible de Manolo, y la solidez de Quimi en las guitarras, hacen una combinación infalible, tanto para componenr clásicos indelebles, como para generar una experiencia en directo que se sale de la normalidad en la música moderna española. Manolo ha escrito siempre unas letras rarunas y emocionantes, que nos han llevado de la mano subiendo a su ritmo a historias de pueblo y metáforas inenarrables, de las que ponen tu corazón en un puño en un momento. Y Quimi aportaba unas guitarras y una solidez extrañas. Los dos, bajo la marca El Último de la Fila, lanzaron un número de canciones clásicas que se hacen montón, cuando parecían pocas a fuer de darse poca importancia. Pero visto con perspectiva, creo que ninguna banda de los 80 puso sobre el tapete un catálogo de canciones con la calidad y el sentimiento que consiguieron Manolo y Quimi.
Servidor fue de los que asistió a todos los conciertos que pudo de estos dos, y les vi comenzar, crecer y convertirse en una institución intocable de la música moderna española. No sé si por problemas, hartazgo, o buen gusto, pero la cosa es que se fueron en todo lo alto, el 22 de marzo de 1996, cuando habían dejado nuestra generación empapada con sus emociones de pueblo y su buen rollo irresistible. Y ayer se presentaron de nuevo en Fuengirola, con muchos más años, pero con la misma decencia, honradez y saber estar con las que se fueron hace 30 años.
Obviamente la edad media de anoche tenía entre 5 y 6 décadas a cuestas (mis hijas disminuían la media de edad, "qué bien os han enseñado", les dijo alguna gente). Íbamos tod@s predispuestos a disfrutar de un buen rato, pero aún así, la oferta artística de Manolo y Quimi creo que superó nuestras expectativas: en términos técnicos, el show no tenía nada que envidiar a cualquier propuesta de última generación en 2026, con una calidad de audio de primer nivel, y una realización de video que permitía disfrutar de cada gesto o cada comentario. Y en términos musicales, El Último de la Fila demostró que sigue fiel a sus esencias de toda la vida: Manolo mantiene una capacidad vocal increíble para su edad, y sigue sabiendo como encoger nuestro corazón en un momento, porque le percibimos igual de buena gente que siempre. Sabe que maneja material sentimental inflamable, y nunca se ha creído lo que es: el patrón de una generación madura y entregada a sus letras alucinadas, a su humildad orgullosa, y a su gargante privilegiada, que no ha encontrado sucesora en generaciones posteriores.
Tenéis por ahí la lista de canciones que tocaron. Baste decir que las cantamos a pleno pulmón (sólo superados por un grupo de fans algo más jóvenes que nosotros, que se las sabían todas y cantaban todavía más alto que nosotros). No sé si las conocéis, pero me gustaría mencionar algunas: Aviones plateados, Huesos, Lapiz y tinta, Llanto de pasión, Querida Milagros, El loco de la calle, Mar antiguo, Cuando el mar te tenga, El que canta su mal espanta, Como un burro amarrado a la puerta del baile... es difícil asumir la cantidad de maravillas que han compuesto Manolo y Quini, y escucharlas de golpe tras 30 años pone de manifiesto aún más el heroísmo de su propuesta, tan ambiciosa en la esencia y tan modesta de formas.
El concierto acabó, como no podía ser de otra manera, con esa joya inaccesible que ha sido siempre Insurrección (casi 20.000 personas en lágrimas atronando con unas letras dignas de Antonio Gala), y al final, con la consabida ranchera de El rey.
Acabamos el concierto con un nudo muy grande en la garganta, con una sensación de disfrute inseparable del paso del tiempo, y con la satisfacción de haber asistido al retorno de dos viejos amigos que siguen haciendo un arte antiguo: música artesana, letras hondas y sentidas, y un público entregado en plena comunión con la banda, capaz de disfrutar cada segundo de un concierto de los de antiguamente, dos horas emocionantes a más no poder. El poder del corazón.