En los últimos años algunas cantantes han sentido la necesidad de explicar en entrevistas que ellas fueron “la Rosalía de su generación”.
Roser nunca lo ha hecho.
Y es lógico: Roser no necesita compararse con Rosalía cuando la cronología permite sostener exactamente lo contrario.
En mi blog el hilo celebrando los 24 años de carrera de Roser quiero recordar que Roser no fue la Rosalía de su generación: Rosalía intenta ser la Roser de la suya.
Ambas nacieron en Cataluña, ambas convirtieron prácticamente su nombre de pila en una marca artística y ambas entendieron que cantar era insuficiente cuando también se podía bailar, construir una imagen y tratar cada actuación como un acontecimiento de interés nacional.
Pero Roser llegó antes.
En 2002, Telecinco ya intentó decidir si Roser tenía talento en Popstars. Llegó a la semifinal, fue escogida por sus propias compañeras para regresar mediante una repesca y renunció voluntariamente a la plaza mientras preparaba su carrera en solitario.
Rosalía no aparecería ante un jurado de Telecinco hasta 2008, en Tú sí que vales, donde ni siquiera consiguió llegar a la final.
Una utilizó un talent show para rechazar formar parte de un grupo.
La otra necesitó seis años más para descubrir que Telecinco también podía decirte que no.
La superioridad conceptual se vuelve todavía más incómoda al comprobar que Roser debutó discográficamente como solista en 2003, mientras Rosalía, antes de publicar Los Ángeles ¡14! años después, llegó además a publicar sin pena ni gloria un disco como vocalista del grupo Kejaleo (y también tarde, 10 años después del debut de la Caudiva...).
Es decir: incluso en ser Rosalía en solitario, Roser fue más Rosalía que Rosalía.
También está la interdisciplinariedad. Hoy se celebra que una estrella pueda cantar, bailar, actuar, producir y construir un universo visual. Admirable.
Roser añadió además presentar programas de televisión, ejercer de jurado, hacer radio, cantar para Disney, reinventar a Raffaella Carrà, crear sus propios espectáculos y explicar educación sexual en televisión.
Porque una cosa es ser una artista multidisciplinar y otra muy distinta es estar preparada para sustituir toda la parrilla televisiva de una comunidad autónoma en caso de emergencia.
Incluso Rosalía terminó descubriendo la conexión entre música, identidad catalana y Barça: en 2023, Motomami apareció en la camiseta del FC Barcelona durante un Clásico.
Roser había interpretado personalmente su versión del Himne del Barça en el Camp Nou veinte años antes.
Rosalía puso su logo en la camiseta.
Roser fue al estadio y cantó el himno.
No es una crítica. Son diferentes niveles de compromiso institucional.
Por eso resulta incorrecto preguntar si Roser fue “la Rosalía de los 2000”. La pregunta historiográficamente pertinente es cuánto de Roser hay en Rosalía y por qué los principales departamentos de Musicología siguen negándose a investigarlo.
¿Tiene Rosalía más Grammys, impacto internacional, reproducciones y reconocimiento crítico? Evidentemente.
Pero Roser tiene algo que ningún premio puede comprar: haberlo hecho antes.
Una fue Motomami.
La otra fue Popstar, cantante, bailarina, presentadora, jurado, sexóloga televisiva, intérprete de Disney y voz ocasional del FC Barcelona.
Rosalía puede seguir intentándolo.
La Roser ya estaba inventada.