Al ser una mujer adulta y haber recuperado legalmente el control de su vida hace ya un par de años, está en plena libertad de tomar sus propias decisiones, rehacer su vida o buscar ayuda si la necesita, por lo que el discurso de sufrimiento del pasado puede percibirse como repetitivo.
Para muchos resulta difícil conectar la figura de alguien que busca paz espiritual o introspección profunda con la constante sobreexposición pública en redes sociales.
Por otro lado, quienes siguen de cerca su historia suelen interpretar estos comportamientos desde el impacto del trauma: tras más de una década bajo una tutela legal sumamente estricta donde no tenía control ni de sus finanzas ni de sus decisiones personales más básicas, la línea entre la catarsis y la provocación se vuelve muy difusa. Sus textos terminan siendo una mezcla convulsa de resentimiento hacia su familia, búsqueda de refugio en la fe y un intento desordenado de procesar el tiempo que siente que le robaron.
Al final, ambas posturas coexisten: por un lado, la realidad indiscutible de que hoy es una persona libre con capacidad de agencia; por el otro, las secuelas evidentes de una historia de vida pública sumamente compleja que no logra canalizar de forma convencional.