En la "Montaña mágica", creo que en el penúltimo capítulo, se cuenta cómo el sanatorio compra una gramola para uso y disfrute de los pacientes, cómo Hans Castorp, que es un enamorado de la música, se encarga de los discos, ponerlos, cuidarlos... y cómo cuando se queda solo se los pone y se queda embrujado, la relación que tiene con ellos y con la música que sale del aparato. Es una de las cosas más bonitas que he leído nunca sobre el sentimiento que te provoca la música, de la relación fetichista que guardas con ella.