Como decía, la sombra de un disco tan hondo como ‘Popemas’ puede ser alargada pero, aun sin huir de ella, Natalia logra zafarse y manifestar su evolución como creadora, obligándonos a mirar aquellas canciones desde este nuevo filtro, con doce años de perspectiva. Rodeada de músicos locales, entre los que destacan su hermano Pablo, el dúo Elle Belga o el ya citado Vigil, las nuevas composiciones de Quintanal son mucho más evolucionadas, con desarrollos e instrumentación muy ricas y diversas que, merced al uso de slide-guitars y banjos, tienden un puente entre el folclore asturiano y el norteamericano. Aunque ‘La Villana’, ‘Maletas y billetes’ o ‘El taxista y la sirena’ son buenos ejemplos, la épica western de ‘San Cristóbal’ es, gracias a sus aires mariachis y sus coros a lo Morricone, la que mejor representa ese nicho.
Dejando constancia de que su bagaje ha sido amplio, La Villana no alberga un único registro ni se limita a rememorar a su antiguo grupo (‘La fondista’, ‘Crujidos’). Este debut autoeditado (el espíritu artesanal subyace en todo el álbum) es un disco iconoclasta, en el que caben rasgos de blues esquelético a lo Dos Gajos (‘El fuego amigo’), jazz por la vía de Joe Boyd (en ‘La culpable’ y el precioso vals ‘Descosiendo y cantando’, donde brillan las cuerdas de Ricardo Fernández y el piano de José Ramón Feito) o, incluso, hay sitio para la electricidad (‘Pliegues’, ‘El maniatado’). Y todos estos palos, están hilvanados por la siempre cálida voz de Natalia y su lírica, inconfundible en su manera de poetizar lo cercano, huyendo de la grandilocuencia, brillante cuando acierta a convertir el dolor, la culpa y la pena, por pequeños o íntimos que sean, en belleza.
Calificación: 7,4/10
Lo mejor: ‘La Villana’, ‘Pliegues’, ‘Descosiendo y cantando’, ‘San Cristóbal’
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