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‘La ruleta de la fortuna y la fantasía’ es otra muestra de cine sensible y humano de Hamaguchi

2021 ha sido un año importante para Ryûsuke Hamaguchi. Los celebrados estrenos de ‘La ruleta de la fortuna y la fantasía’ en Berlín (Gran Premio del Jurado) y ‘Drive My Car’ en Cannes (Mejor Guion y FIPRESCI) han elevado al japonés de promesa del cine de autor a uno de los nombres más atractivos del panorama cinematográfico actual. En la primera de ellas, narra tres historias cortas centrándose en diferentes personajes femeninos. La película comienza con un triángulo amoroso inesperado, donde el director asienta el tono de la obra y presenta un mundo lleno de casualidades y coincidencias. La segunda retrata una aventura entre un chico joven y una mujer mayor que se proponen seducir a un profesor para traerle problemas, y la última se centra en un reencuentro entre dos mujeres de mediana edad.

En manos de otro cineasta todo esto podría ser un completo desastre inverosímil, pero Hamaguchi siempre utiliza sus giros de guion como excusa para abordar temáticas complejas y profundas, haciendo de ellos un recurso narrativo brillante y sumergiendo al espectador en una realidad en la que no hay otra opción que no sea creer. El film apuesta todo a un guion que siempre es cálido, sorprendente y amable. Nada es lo que la premisa de cada una de estas historias parece indicar y todas ellas terminan con la evolución catártica de un personaje que ha aprendido una lección vital. Lejos del didactismo, Hamaguchi explora con agilidad y sutileza la complejidad de las relaciones humanas, la falta de comunicación e incluso encuentra un modo de ser crítico y a la vez comprensivo con la sociedad japonesa actual.

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El tono oscila entre la comedia y el drama, normalmente inclinándose más hacia lo segundo pero sin rechazar un característico sentido del humor sensible y humano. El estilo de Hamaguchi, que hace de la sencillez su mayor virtud, se encuentra en algún lugar entre Éric Rohmer y Hong Sag-soo, siendo a su vez tremendamente personal. Aunque discreta, visualmente logra momentos de gran calado poético pese a que no tenga grandes ambiciones formales. El japonés pertenece a ese tipo de cineastas que hacen de la palabra su principal fuente de inspiración, haciendo que su puesta en escena nunca eclipse lo que su guion quiere contar, lo cual no quiere decir que no sea cinematográfico. Más bien al contrario, su cine está profundamente basado en el gesto y en la interpretación de sus actores y aquí se despoja de cualquier artificio que impida el fluir de las historias.

Dentro de lo arriesgado que es hacer una película de episodios debido a su naturaleza irregular, Hamaguchi resuelve estas dificultades de forma admirable. Aunque no todas las historias estén al mismo nivel, son lo suficientemente buenas como para que el ritmo nunca decaiga. Y su mayor acierto es que están ordenadas de manera estratégica, siendo la primera la menos memorable (y aun así llena de hallazgos) y la tercera la mejor de todas, logrando que sus dos horas de metraje fluyan con soltura ante nuestros ojos y dejando en el espectador la sensación satisfactoria de haber asistido a una colección de viñetas bellísima. Es un tipo de cine que te llena el alma, que te hace sentir un poco menos solo.

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