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‘Heartstopper’ es tan bonita que parece de verdá

A Paco León le gustaba tanto una frase de su padre que decidió meterla en ‘Carmina o revienta‘, su debut en la dirección: en uno de los momentos más recordados de la película, el marido ficticio de Carmina le dice a su cabra Marifé: “la vida es tan bonita que parece de verdá, hijo”. Podríamos decir que ‘Heartstopper’, (mucho más que) el último fenómeno de Netflix, es realista, y a la vez que no lo es. Y ese realismo de Schrödinger es precisamente una de sus bazas, como lo era en el material original, un cómic-web de Alice Oseman (también guionista de la serie) cuyos cuatro volúmenes habían sido ya un éxito. Oseman saltó al mundo literario desde muy corta edad, firmando su primer contrato literario siendo aún menor, y publicando desde entonces decenas de cómics y relatos que, para colmo, se entrecruzan en varias ocasiones, de manera que podría decirse que coexisten en un universo propio. Esta historia en concreto parte de una premisa muy sencilla: el enamoramiento entre Charlie y Nick, dos compañeros de instituto. Pero no es sencillo que todo funcione tan bien en esta serie.

¿Por qué ‘Heartstopper’ es realista? Para empezar porque, en su retrato de un grupo de adolescentes, sus vidas sí parecen las de un adolescente promedio. Esto no es ‘Élite’ ni ‘Gossip Girl’ y los personajes no se meten tres tripis mientras se cargan a la profe de Mates y piensan en su próxima sesión de sadomaso con el padre de Jaimito. Además, inaudito, ¡los actores y actrices tienen una edad similar a los de sus personajes! También es cierto que el motivo por el que los actores de otras ficciones suelen ser mayores es para evitar líos en las escenas sexuales (salvo que sean franceses). Pero es que además la serie huye de la hipersexualización y, quizás por eso (alerta de melón), sus cuerpos también se acercan a eso que se llama “no normativo” cuando en realidad quieres decir “cuerpos normales”, más parecidos a los de tus vecinos y menos a los de Fraternity X: aquí hay chavales más delgados, más gordos, más cachas, más tirillas, etc. Todo esto lo vimos en parte el año pasado en la recomendable ‘Jóvenes Altezas’ (los fans ya sueñan con un crossover), pero aquí termina de ser redondo, y contribuye a que la serie parezca tan real.

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La ficción, en cuya creación han intervenido la propia Oseman y Euros Lyn, tiene además maneras particulares de potenciar esto a través de pequeños detalles en la cotidianeidad de los personajes (ese Nick haciendo los deberes de camino a clase o el excelente uso narrativo que se hace de Whatsapp, Instagram y demás), y de esos toques de cómic para momentos que, verdaderamente, se sienten tan mágicos como las animaciones que salen. Porque hay mariposas reales cada vez que te quedas mirándole encoñadísimo, y hay chispas reales en esos segundos-milenios que preceden a un primer beso o a una declaración. La mayoría de la gente asocia estas sensaciones especialmente a la adolescencia… pero muchos otros no lo hacemos. Muchos nos reímos por dentro cuando escuchamos que estas cosas son “típicas de la adolescencia”, y soltamos alguna coña al respecto. Muchos soltamos esa coña para fingir que no nos duele, porque por nada del mundo queremos sentirnos una víctima. O, ¡peor aún!, que nos tachen de victimistas después de mostrarnos vulnerables. Y ahí está el quid de la cuestión por el que también podemos decir que ‘Heartstopper’ no es realista.

Entre los fuertes de la serie de Oseman & Lyn se encuentran también su fantástico reparto (Joe Locke, Kit Connor, Yasmin Finney, Corinna Brown, William Gao, Sebastian Croft, Kizzy Edgell o Rhea Norwood, y los padrinos de lujo Olivia Colman y Stephen Fry), una representación de todo el colectivo que, lejos de parecer escrita por una inteligencia artificial woke, no se siente en absoluto forzada, y una cuidada banda sonora, tanto los temas elegidos para acompañar escenas (el uso de Wolf Alice para finalizar el piloto es toda una declaración de intenciones) como los creados ex profeso para la serie, que sin duda contribuyen al sentimiento constante de “happy place” (quizás no es casualidad que recuerden a la BSO de ‘Los Sims’). A la hora de escribir esta reseña, la serie acumula un 100% y 98% en los parámetros de Rotten Tomatoes, algo que pocas series están acostumbradas a recibir (y, la verdad sea dicha, menos aún siendo una serie de Netflix).

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Pero no es que estemos ante “una serie adolescente que puede gustarle a adultos”, es que hasta es más recomendable si eres adulto y, sobre todo, si eres una persona LGBT adulta (aunque también se identificarán personas heterosexuales que no hayan podido vivir su adolescencia). Hablando en plata, no tienes que ser maricón para disfrutar de ‘Heartstopper’ (y ni siquiera tienes que ser LGBT), pero, si lo eres, es muy probable que tenga un significado extra para ti, y te toque de una manera especial. Porque en muchas ocasiones no verás ‘Heartstopper’ como realista sino como aspiracional o incluso idílica. De hecho, las posibles “pegas” que se le puedan poner van por ahí: los personajes no son perfectos pero no hay duda de que son buenas personas, los conflictos se hablan en lugar de ser puro cebo, los familiares y profesores son comprensivos y amables, y el acercamiento al bullying es bastante naif. Pero es que todo esto está en sintonía con lo que la serie pretende ser, con esa pastelada que conquistará hasta a los más cínicos.

‘Heartstopper’ es “tan bonita que parece de verdá” porque, a pesar de su realismo, parte de un imposible para muchos. Un imposible que es ahora bastante más posible en la generación que retrata la serie; aunque no estén viviendo ahora mismo una historia como la de Charlie y Nick, tienen al alcance de su mano una historia contada para ellos que les dice que por supuesto que pueden vivirla y, no menos importante, que por supuesto que la merecen. Porque la esperanza es imprescindible, ya lo dijo Harvey Milk en ese fantástico discurso, y más ahora que seguramente nos esperen años difíciles: sin entrar en temas económicos (que daría para largo) y centrándonos solo en derechos LGBT, la sensación de los últimos años de que solo íbamos hacia adelante tiene toda la pinta de detenerse. Puede que, incluso, vayamos hacia atrás. Lo bueno es que, si eso ocurre, sabremos que podemos volver. Como cuando te mataban en un videojuego cerca del final, y te daba mucho coraje pero volvías a empezar con la seguridad de que ya te sabías el camino.

Pueden quitarnos muchas cosas, pero la realidad es que ahora mismo hay un crío de 13 años viendo algo como ‘Heartstopper’, cosa que hace 10 años nos habría parecido imposible (y no digamos más décadas atrás). Eso no nos lo van a quitar. Incluso a quienes esta serie nos parezca “poco realista” por los motivos ya mencionados, la alegría que no pudimos sentir en su día es la alegría que sentimos ahora cuando vemos a dos chavalitos de esa edad cogidos de la mano por la calle. Y al ver representaciones como ésta. Aunque nadie nos pueda devolver el esplendor en la hierba nuestra adolescencia, la misma esperanza que ‘Heartstopper’ le está dando a ellos nos la puede dar a nosotros.

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