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Lucrecia Dalt / No era sólida

Lo mejor: 'Disuelta', 'Di', 'Revuelta', 'No era sólida'
Te gustará si te gustan: Julia Holter, Elian Radigue, Maja Ratkje
Escúchalo: Youtube

«¿Puede la parálisis transformar a una persona en cosa»?, se pregunta Lucrecia Dalt en la primera frase de ‘No era sólida’, la pista de que titula y cierra su disco de 2020. El predecesor de ‘¡Ay!‘ investiga esta cuestión a lo largo de 40 hipnóticos -y a menudo angustiosos- minutos en los que la música suena parecido a lo que se siente en un estado de parálisis de sueño. Aunque emular ese estado en concreto no haya sido exactamente la intención.

La artista colombiana, tan dedicada a la experimentación con el diseño de sonido que en el año 2018 publica un disco, ‘Anticlines’, inspirado en sus estudios de geología, llega a ‘No era sólida’ a un espacio liminal, de duermevuela, casi inconsciente. Es un disco oscuro y claustrofóbico en el que Lucrecia «se disuelve en el sonido» y explora un mundo que se sitúa a medio camino «entre el fenómeno y el noúmeno», entre lo físico y lo intangible.

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Es en ese no-sitio, que dirían Biznaga, donde se desarrolla ‘No era sólida’, y quien nos lleva de viaje a través de este submundo no es Lucrecia sino un personaje llamado Lia que canta en un lenguaje ininteligible (excepto en el corte final). Es un viaje sonámbulo por los sonidos oscilantes de ‘Disuelta’, que hipnotiza con su efecto tipo péndulo y con sus pitidos y voces espectrales; por las vocalizaciones neuróticas de ‘Seca’ o por las inquietantes percusiones de ‘Ser boca’, y es una aventura que se va oscureciendo y enturbiando cada vez más hasta llegar a las psicofonías terroríficas de ‘Revuelta’, donde Lia suena directamente «sumergida en plasma negro», como recita Lucrecia, después, en los últimos minutos del disco.

Si ‘No era sólida’ es una «ilusión auditiva suspendida» en el tiempo, lo es gracias a su experimentación con diferentes texturas, timbres y frecuencias, lo cual incluye la propia voz de Lucrecia pero, sobre todo, el diseño sonoro. En el disco, Lucrecia (aparentemente) da la espalda a la armonía y explora los efectos del bucle, la repetición y el drone, y encuentra belleza en sonidos espeluznantes e incómodos como las percusiones reptantes de ‘Espesa’ o los zumbidos metálicos de ‘Coatlicue S’, que parecen los de una nevera que emite ruido a las tres de la mañana. El disco llega a otro punto de ebullición en ‘Di’, una mezcla imposible de coros celestiales y sonidos que marean.

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El disco llega a su cumbre en ‘No era sólida’, un expansivo corte de 9 minutos en el que Lucrecia (o Lia) finalmente toma forma y es capaz de comunicar un mensaje recitado en castellano. Es en el momento en que se pregunta si la parálisis la ha transformado en cosa, y ese el estado en que parece llegar en ‘No era sólida’. Sin embargo, el disco suena tan sumamente cerebral que solo puede ser humano. Es un trabajo que se atreve a llegar donde otros no llegan, a un mundo espectral e incómodo que está ahí, acechando cual sombra, aunque no quieras verlo. Lucrecia es lo suficientemente valiente como para explorarlo.

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