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Weyes Blood / And In The Darkness, Hearts Aglow

Lo mejor: ‘Grapevine’, ‘The Worst Is Done’, ‘Hearts Aglow’, ‘God Turn Me Into A Flower’
Te gustará si te gusta: Lana del Rey, The Carpenters, Nilsson, Judee Sill, A Girl Called Eddy, Julia Holter
Escúchalo: Bandcamp

La carta de Natalie Mering (aka Weyes Blood) que acompaña el material promocional de ‘And In The Darkness, Hearts Aglow’ explica la idea de esta trilogía de discos iniciada con ‘Titanic Rising’ (que representaba “la anticipación de algo oscuro por llegar”) y que continúa con esta segunda entrega, en la que el mundo “camina a tientas por la oscuridad, tratando de encontrar sentido a todo, en una época de grandes cambios”.

Con este planteamiento conceptual, las caras del álbum forman dos perfectas mitades muy coherentes, en las que las canciones funcionan como microcapítulos en un relato de post-apocalipsis global y emocional. Son temas meditativos, que se toman su tiempo, en su mayoría cinco o seis minutos: requieren esa pausa lejos de los “loops repetitivos de la vida digital actual” para ser degustados en su totalidad sensorial. Y efectivamente -como si se tratara un ejercicio de conciencia plena- cuando finalmente te sumerges en ellos te esperan bellos tesoros. Quiere decir esto que sin haber sido Natalie nunca una artista de melodías inmediatas, en ‘Titanic Rising’ el gancho inicial de ciertas canciones era más instantáneo, mientras que en ‘…Hearts Aglow’ hay que dedicar un poco más de tiempo para que empiecen a prender. Pero cuando ocurre -a las pocas escuchas- la experiencia es incluso más intensa que en el disco anterior.

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‘It’s Not Just Me, It’s Everybody’ abre esa exquisita cara A de cuatro canciones, un (Natalie dixit) “himno budista” que canta a ese hilo invisible, cósmico, que nos une a todos los seres vivos, aunque en la actualidad sea un hilo de insatisfacción y esclavitud de los algoritmos: ese “no hay mucho a lo que aferrarme / con este agujero en mi mano” alude al abismo que ofrecen nuestros smartphones, mientras que “todos sangramos de igual modo” expresa un nexo común en el sufrimiento. Como envoltorio de estas reflexiones, un precioso medio tiempo al piano muy 70s, con arreglos muy clásicos, que se mantienen en el también fabuloso segundo corte (‘Children of the Empire’), incluso más marcadamente retro: el disco se grabó en los United Western Recorders, míticos estudios de donde salió ‘Pet Sounds’, y en esta canción recrean ese sonido con especial fidelidad a base de órganos, cuerdas, armonías vocales a lo Pet Sounds, pianos, tuba y palmadas pasadas por cámara de eco. Más cercano al crepuscular ‘Ocean Pacific Blue’ de Dennis Wilson que a los soleados Beach Boys, pero referenciando claramente esa estética.

Con todo lo que nos gusta oír a Weyes Blood sonando tan pop-clásico-californiano-de-los-60, en esos primeros momentos nos asalta la preocupación por no estar percibiendo aún su fórmula ganadora, esa que combina una voz a lo Karen Carpenter con la oscuridad existencialista del piano de Judee Sill, pero aderezado con arreglos de pop más cósmicos y contemporáneos, pads de sintetizador y toques de weird folk. Por suerte ahí llega esa épica ‘Grapevine’ (primera gran melodía del disco) para recolocar las cosas: de entrada, una secuencia de acordes deliciosa, sorprendente, que demuestra que si bien quizá Lana del Rey sea más fan de Joni Mitchell, Natalie es la que mejor recoge la tradición de las inventivas estructuras compositivas de la diosa de Laurel Canyon.

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Pero aquí ya conviven, por fin, los dos mundos: cuerdas reales junto a cuerdas sintetizadas, coros celestiales pero también efectos sonoros, y un motivo de sintetizador que transforma los estribillos en una golosina de casi prog-rock. Mering se ha definido como una “futurista nostálgica”, y canciones como esta recogen esa esencia perfectamente, un equilibrio entre referencias al pasado del pop pero con un pie en el futuro. La letra es una “road song” con alusiones a la carretera en la que murió James Dean (apodada “the grapevine”, y por la que Natalie conduce a menudo) como metáfora del desamor.

‘God Turn Me Into a Flower’ cierra la cara A muy hermosamente: una pieza sin percusiones ni baterías, que flota sobre algodonosos colchones de sintetizadores, como una canción folk hecha por una Enya futurista (interviene Daniel Lopatin de Oneohtrix Point Never), y que retoma el mito de Narciso para hacer un crudo apunte sobre nuestra obsesión con nosotros mismos: “miras a tu reflejo y lo quieres más que la realidad / anhelas ser ese sueño que nunca alcanzaste / porque la persona al otro lado siempre eras tú / Oh Dios, conviérteme en una flor”. Su sección final, con calientes olas de síntesis analógica y trinos de pájaro electrónicos, recuerda por momentos a la experimentación pop de Julia Holter.

La cara B consta también de cuatro formidables canciones (sin contar dos breves intervalos instrumentales): inicia ‘Hearts Aglow’, otra de las piezas centrales, por redondez melódica y por la ambición de poner todos los recursos del estudio al servicio de la canción para hacerla lo más emocionante posible: los arreglos se acumulan en capas que combinan “nostalgia” (pianos eléctricos, clavicordios, chasquidos de dedos, redobles estilo Ringo, armonías vocales…) y “futurismo” (sintetizadores orquestales filtrados, campanas ligeramente desafinadas…), todo ello combinado en una nebulosa de texturas y sonidos que conviven en gloriosa densidad, como en las mejores partes de aquella aventura cósmico-acuática titulada ‘Titanic Rising’. Le sigue ‘Twin Flame’, que adquiere un tono más contemporáneo gracias a su caja de ritmos retro, y por momentos suena a unos Beach House de querencias setenteras, además de aportar un delicioso matiz nuevo por ese precioso estribillo cantado en falsete, refrescante en un disco de tesitura bastante grave (ya que la voz de Natalie es de contralto).

Después del interludio instrumental/experimental de ‘In Holy Flux’ y sus paisajes de new age analógica, llega la canción que a priori parece más descaradamente pop, por su ritmo 4/4 de batería, su instrumentación más estándar y sus voces deliciosamente dobladas. Pero Weyes ofrece pop con sus propias condiciones: por un lado supera los seis minutos, y por otro la letra no es precisamente alegre. ‘The Worst Is Done’ resulta ser un mini-poema post-pandémico con espacio para la reflexión colectiva (“ha sido un largo y extraño año / todos dicen que perdieron todo lo que tenían / Perdimos nuestras voces / No podemos seguir el ritmo de los cambios / El mundo es diferente y yo soy diferente”), la reflexión personal (“debí haberme quedado con mi familia / no debería haberme quedado en mi pequeña casa, en la ciudad más solitaria del mundo”) y un agrio pesimismo envuelto en dulce pop: “dicen que lo peor ha pasado / Pero yo creo que lo peor está por llegar”.

El final del álbum nos devuelve a la Weyes Blood más melancólica, y a la vez la más optimista. ‘A Given Thing’ es una balada al piano tipo Judy Collins con tonos cósmicos, y una letra sobre la esperanza que reside en el amor: “fluye de ti, fluye de mí también / y no sé dónde acabas tú / y empiezo yo”.

‘And In The Darkness, Hearts Aglow’ es una ambiciosa obra que sube un peldaño lo conseguido en ‘Titanic Rising’. Tan sólo en algunos pequeños momentos la solemnidad que le otorga a un disco el tener un título largo con coma incluida puede chirriar un poco, como en algunas partes muy serias y literales de la letra de ‘Children of the Empire’. En esos momentos se echa un poco de menos el sentido del humor que era más aparente en el disco anterior. Pero en su mayor parte Mering sale airosa en el complicado reto de combinar concienciación y pop, y consigue emocionar con unas letras cantadas con lo que es, en realidad, una voz muy blanca (es decir, muy poco “soulful”). Quedamos a la espera de ese tercer disco “sobre la esperanza”, para el que tendrán que pasar unos años… lo que no es un problema porque esta es una colección de canciones para disfrutar sin cansarse durante muchísimo tiempo.

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