Con las gravísimas acusaciones a Julio Iglesias -que podrían sentarle en el banquillo- a muchos se les ha «caído un ídolo». Qué sorpresa, resulta que los ídolos eran humo. De eso canta Xoel López en su canción ‘Sombras chinas’, y es inevitable pensar en tantos ídolos caídos de los últimos años. Y no hace falta irse a quienes, como Michael Jackson, ya están muertos, ni tampoco a figuras que han cometido delitos. Basta con que defiendan valores extremadamente opuestos a los tuyos, como Róisín Murphy negando la existencia de las personas trans o Nicki Minaj abrazando de repente a la ultraderecha americana.
Ningún alcance de fama ni poder debería blindar a Julio Iglesias -quien ya prepara su defensa y niega los hechos- ni a ningún artista, por “universal” que sea, de rendir cuentas, en el caso de que la veracidad de esas acusaciones sea probada. Aun así, no han faltado amigos muy amigos de Iglesias que han salido en su defensa en los medios. Ana Obregón ha pretendido sembrar la duda preguntando si Rebeca y Laura habrán “cobrado” por sus declaraciones, mientras Jaime Peñafiel ha calificado las acusaciones de “canalladas”. No sabes si dicen tales disparates en serio o solo para provocar: es sabido que ciertos programas de televisión se alimentan de virales y sensacionalismo.
Isabel Díaz Ayuso se ha llevado la palma sacando el tema de Irán cuando no venía a cuento y asegurando que la Comunidad de Madrid no contribuirá al “desprestigio” del artista español “más universal” retirándole sus distinciones, como ha propuesto, por ejemplo, Rita Maestre. Julio Iglesias es Hijo Predilecto de Madrid desde febrero de 2015, cuando Ana Botella le entregó el título por “su brillante y meritoria carrera artística reconocida internacionalmente”.
La coletilla del “artista universal” da un poco de pereza, sobre todo porque revela cierto complejo con la españolidad, como si para ser un español digno hubiera que ser “universal” o reconocido a escala internacional. Además, la expresión suena pasadísima de moda: hoy ser universal es la norma. Muchos artistas españoles lo son, y no es necesario remontarse a su hijo Enrique, sino por ejemplo a Rosalía o Ana de Armas.
Peor aún, las palabras de Ayuso suenan preocupantemente desconectadas de la realidad, porque aquí sí conviene separar no la obra del artista, sino al artista de la persona. Lo que se reconoce con títulos es una contribución cultural, y de lo que se habla ahora es de presuntas agresiones sexuales ocurridas no hace 30 o 25 años y que podrían haber prescrito, sino entre 2021 y 2022: hace nada. El MeToo surgió en 2017 y la industria musical española aún lo aguarda.
Lo preocupante también es la manera en que la “universalidad” de Julio Iglesias, su iconicidad y fama, para algunos debería blindarle de ser señalado por comportamientos ya no cuestionables, sino potencialmente delictivos. Aquí entran en funcionamiento dos cosas: la cultura de la violación, que trata de desacreditar a las víctimas poniendo en duda sus acusaciones, y la influencia o poder del artista como símbolo, la manera en que su prestigio artístico influye en la percepción pública, como si le hiciera inmune a todo ataque del exterior. Y, peor aún, como si esos ataques no solo fueran injustos, sino además imposibles.
Hasta Alberto Núñez Feijóo, Presidente del PP, se ha desmarcado de las declaraciones de Ayuso, lo cual dice mucho del nivel de irrealidad que transmiten sus palabras. No me creo que no esté ni un poquito preocupada por las acusaciones vertidas hacia su amigo e ídolo musical, sobre todo porque las imágenes de él besuqueando a mujeres en conciertos o programas de televisión aparentemente sin su consentimiento, que se están viralizando en las últimas horas, ya bastarían hoy para generar un considerable escándalo nacional. Es que era más Rubiales que Rubiales.
En parte -solo en parte- entiendo la resistencia que muchos ponen a este tipo de denuncias a personajes públicos. No puedo ser el único que, estos días, se ha acordado del temazo de Rigoberta Bandini, ‘Julio Iglesias‘, que era totalmente nostálgico. Julio Iglesias ha estado ligado a una identidad nacional y su caída duele. Aceptar que un personaje al que admiramos es problemático es difícil, requiere atravesar una incomodidad. Pero más duele escuchar las declaraciones de las presuntas víctimas. Podemos reconocer la presunción de inocencia de Julio Iglesias y el derecho de las víctimas a ser escuchadas: las dos cosas, de forma simultánea.
No sé si es prematuro retirar títulos a Julio Iglesias, aunque Yolanda Díaz apuesta por hacerlo a modo de acción «ejemplarizante», pero no sé estoy seguro de que a la gente le importe esto realmente. El debate que se ha abierto refleja un problema mayor: en España, solo el 11% de mujeres que han sufrido agresiones sexuales llegan a denunciarlas, según el XV Informe Anual del Observatorio Estatal de Violencia sobre la Mujer 2021, citado por mi compañera Mireia Pería en su artículo sobre abusos en la industria musical publicado en nuestro Anuario 2023. Ese mismo texto señalaba que, de un 40,4% de mujeres que habían sufrido acoso sexual, solo el 2,5% lo había denunciado.
El artículo recogía además la creación de una cuenta de Instagram para denunciar de forma anónima casos de acoso o agresión sexual dentro de la industria musical. Pería recordaba que en España nunca ha habido un verdadero “#MeToo” en la música, lo que ha permitido que muchas figuras señaladas (siempre de forma anónima) sigan trabajando sin consecuencias públicas, mientras las víctimas conviven con las secuelas. Zahara apelaba a ello en los Premios Ruido 2024, pidiendo más investigación periodística en este ámbito.
Así que este asunto no va solo de Julio Iglesias. Esto va de que si Julio Iglesias puede ser destapado, si el artista español «más universal» y poderoso, puede caer, también pueden y deberían hacerlo los demás. Y no, no se trata de tumbar reputaciones ni de «arruinarle» la vida a nadie porque sí, sino de entender que no queremos figuras públicas -culturales o de cualquier ámbito- que vulneren derechos humanos y su poder, influencia y simbolismo cultural los proteja.