Cine

‘EPiC: Elvis Presley in Concert’ retrata la gloria de su directo

Desde los primeros segundos de ‘EPiC’ los grafismos de dorado caleidoscópico, rojo rubí y pedrerías varias dejan claro que lo que vamos a ver tiene el sesgo estético (para bien, si te gustó ‘Elvis’ en 2022) de Baz Luhrmann. Fue el propio director quien documentándose para aquella biopic descubrió 65 cajas con metraje inédito de la película ‘Elvis: That’s the Way It Is’ (1970), rodado durante la tercera actuación de Elvis en el International Hotel de Las Vegas en en verano de 1970.

Pero en las minas de sal de la Warner en Kansas (sí, ahí reside su archivo) aparecieron además valiosísimas imágenes de los ensayos previos, de la noche de estreno, y de varios shows posteriores de la gira del 1972. Con todo este tesoro visual (pero carente de sonido) el equipo técnico de Luhrmann pasó dos años localizando las grabaciones sonoras correspondientes (muchas conocidas desde hace años gracias a discos piratas), resincronizándolas con las imágenes, y –con ayuda de la tecnología digital de Peter Jackson– restaurando ese celuloide de 35mm (pero también de 8mm) a un formato IMAX, un proceso parecido al aplicado a ‘Get Back’ de los Beatles.

Uno de los grandes aciertos de Luhrmann ha sido no limitarse a crear con todo eso un simple re-montaje de un show de Elvis, sino utilizar entrevistas inéditas –en especial una de 45 minutos en la que Elvis rememoraba toda su carrera– para crear un relato de su vida en voz del artista intercalado con las imágenes en directo; una película en la que los recuerdos narrados por Elvis combinados con las imágenes en directo ofrecen en palabras del director “revelaciones profundas de su humanidad y su vida interior”.

Y por rimbombante que suene, lo consigue: al acabar la película sales del cine con una idea distinta, más humana, de quién era Elvis, y a la vez de su increíble dimensión como intérprete en directo. Los espectaculares visuales evidentemente ayudan muchísimo a que frases sobre su madre, sobre la desilusión con su carrera en Hollywood, o acerca de su imagen pública adquieran una dimensión casi trascendental. Pero también son cruciales esos momentos durante los ensayos, en los que vemos a un Presley más humano, bromista, cercano a los músicos, y sobre todo –esto es clave– disfrutando de tocar en directo.

No era para menos. Como explica concisa y eficientemente un pequeño montaje al comienzo de la cinta, los 60 de Elvis tuvieron muy poco que ver con los escenarios: hasta el 62 pasó dos años de servicio militar en Alemania, y a su regreso editó discos pero sin actuar en directo, centrado en rodar películas cada vez más lamentables. Por suerte su especial televisivo ‘Comeback Special’ de 1968 cambiaría las cosas, no solo por su éxito rotundo sino porque reavivó en él el gusto por el directo. Si hay una constante a lo largo de esta película es ese disfrute evidente de Elvis y su banda por lo que están haciendo. Casi en cada plano les vemos sonriendo, una alegría que se traslada a la interpretación de las canciones, y que ajusta una cuenta histórica pendiente con ese concepto tan mal entendido como es el de “Elvis en las Vegas”.

Frente al estereotipo del cantante con sobrepeso, empastillado, desmotivado y desafinando, aquí presenciamos lo que fue verdaderamente el espíritu original de estas actuaciones: un artista hambriento por volver a tocar, interesado por la música del momento (vemos aquí fragmentos de versiones de ‘Get Back’ de los Beatles o ‘I Shall Be Released’ de Dylan), interpretando sus éxitos con furia (su versión de ‘That’s Alright Mama’ es directamente anfetamínica), adulto pero todavía conectado con el espíritu travieso y bromista de su juventud, y capaz de ponerte los pelos de punta en muchos momentos de esas asombrosas actuaciones llenas de magnetismo puro y sudoroso. Las poses de karate, los trajes “rhinestone” con capa estaban ya presentes, pero todavía con el brillo milagroso de lo nuevo.

Por eso produce casi euforia ver a Elvis llegando al primer ensayo en Las Vegas –enfundado en una camisa psicodélica con verdes y púrpuras con un brillo propio casi sobrenatural– emanando carisma por cada poro de su cuerpo, y presenciar su primer contacto con esa grandiosa banda de músicos, ver cómo conectan. Porque si ‘EPiC: Elvis Presley in Concert’ retrata una relación (incluso un romance) es claramente el de la banda con Elvis, y viceversa, y es algo precioso de ver. Desde los primeros ensayos asistimos a una conexión casi química entre todos ellos: la precisión matemática y electrizante de James Burton con su Telecaster, el corazón rítmico espectacular de Ronnie Tutt, la complicidad con las Sweet Inspirations y el resto de vocalistas de apoyo… entre sonrisas y bromas, todo el mundo parece feliz y a la vez consciente de que están creando algo mayor que la suma de sus partes.

Aún más: comprobamos boquiabiertos la soltura con la que Elvis les dirige, les da instrucciones: a veces con palabras, otras simplemente con miradas, o con todo su cuerpo. Plano tras plano vemos al grupo entero pendiente de cada uno de sus movimientos, tocando con la mirada fija en él, que ejerce de gran director musical, a cargo del show en todo momento. Es muy satisfactorio ver a un artista sabiendo exactamente lo que quiere, y consiguiéndolo. De manera recíproca, en una de las entrevistas Elvis expresa a su vez su agradecimiento por estar acompañado de este grupo que “le inspira tanto”, un cariño que se palpa en muchos momentos sobre el escenario y entre bambalinas.

El valor humano y musical de esas secuencias durante los ensayos es tan grande que Luhrmann –en otro gran acierto– las utiliza a lo largo y ancho de la película, combinándolas sin complejos con las imágenes en directo, empalmándolas juntas en esas ediciones furiosas y electrizantes tan características suyas. Canciones icónicas de Elvis en aquellos años como ‘Polk Salad Annie’ salen muy beneficiadas de este tratamiento, porque funcionan casi como un relato cronológico desde su preparación hasta su presentación espectacular frente a un público que brama de admiración, exponiendo a la perfección el proceso creativo de Elvis. La nitidez a nivel técnico (casi milagrosa) de esta restauración digital ayuda muchísimo a apreciar y disfrutarlo, al igual que el asalto a los sentidos que suponen los edits “arty” de Luhrmann, combinando imágenes e intercalando frases a modo de poemas visuales, traduciendo el frenetismo musical a lenguaje cinematográfico vertiginoso.

Y así se suceden cantidad de maravillosos momentos, como el estreno en directo del futuro éxito en listas ‘Burning Love’ –lleno de frescura y con otro montaje de Luhrmann glorioso–, esa versión de ‘You’ve Lost That Loving Feeling’ tan funk, las increíbles canciones gospel del repertorio, o ese ‘In The Ghetto’ cerca del final en el que el director se regodea en una «demezcla» sin apenas instrumentos, tremendamente evocadora.

La única sombra que planea sobre todo ello cuando aparecen los créditos finales no es culpa de la película: resulta escalofriante pensar que sólo cinco años después de esas imágenes pletóricas de la gira de 1972, Elvis estaría muerto. ‘EPiC: Elvis Presley in Concert’ es pura celebración de ese instante justamente anterior al declive; el último momento heroico, artísticamente puro, de Presley. Si sigue en cartelera en tu ciudad, no te la pierdas, este es un espectáculo para verlo en la gran pantalla.

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Publicado por
Jaime Cristóbal