‘Pillion’, promocionada engañosamente como una película gamberra y sexy, es una de esas obras diseñadas para incomodar. Harry Lighton, descendiente de la aristocracia británica, se hizo en su debut cinematográfico con el premio al mejor guion en la sección Una Cierta Mirada del Festival de Cannes adaptando la novela ‘Box Hill’ de Adam Mars Jones.
El film sigue a Colin (Harry Melling), un treintañero retraído y acomplejado que vive con sus padres y canta en un coro de navidad. Su mundo cambia al completo cuando conoce por casualidad a Ray (Alexander Skarsgård), el atractivo líder de una banda de motos que no podría ser más distinto a él. Alucinado con que alguien así se interese por él sexualmente, se convierte en su sumiso sin rechistar. Colin comienza así su peculiar despertar romántico-sexual, embarcándose en una aventura que desmonta sus ideas preconcebidas del amor y donde descubrirá lo que quiere en sus relaciones afectivas.
Lo más mediático de ‘Pillion’ han sido sus escenas sexuales con BDSM y tener a alguien como Skarsgård interpretando a un gay dominante, pero pese a las escenas atrevidas, que las hay, la película no quiere nunca ser esa fantasía camp que muchos querían ver. Lighton utiliza los códigos de la comedia romántica, pero se los lleva, consciente o inconscientemente -y he aquí el problema- a un terreno triste, donde ni hay comedia ni hay provocación y sí mucho de pura devastación. La película trata de mantener siempre cierto tono festivo, cuando lo que cuenta tiene mucho de desesperanzador.
Hay un intento de exploración psicológica de su protagonista, un personaje que sobre el papel tiene muchísimo jugo: alguien para el que la humillación y la sumisión supone una suerte de liberación personal. Pero su desarrollo y sus decisiones muchas veces resultan tan incomprensibles que está constantemente testeando los límites de la credibilidad. Y sí, hay momentos de mucha ternura en el retrato de Colin y en la sentida interpretación de Melling, pero también termina colándose algo de crueldad bastante molesta que emborrona aún más el ya de por sí confuso discurso de la película.
‘Pillion’ juega a la incomodidad, a hacer preguntas al espectador sobre sus propios tabúes, pero su ambigüedad final es incapaz de generar algo que no sea puro malestar. Y no queda claro que esas sean las verdaderas intenciones del cineasta, pues por la manera en la que retrata a su protagonista en los últimos minutos, pareciera que le estuviera dando un empoderamiento que resulta sencillamente incomprensible. ¿Qué ha querido decir sobre una relación de estas características? ¿Sobre las dinámicas de poder que se establecen más allá de lo sexual? ¿Sobre el amor propio? ¿Sobre la pérdida? Lighton parece pasar todas estas cuestiones por encima, y lo que queda es una película pese a su encomiable agilidad narrativa, no acierta en poner el foco donde más hacía falta: en comprender y querer a su personaje.
