El regreso de BTS ha sido esperado durante cinco largos años, en los que sus siete integrantes -Jin, Suga, J-Hope, RM, Jimin, V y Jungkook- han cumplido el servicio militar, obligatorio en Corea del Sur. Un lapso de tiempo que los miembros han aprovechado para publicar música en solitario, pero que también ha permitido al público tomarse un respiro de su prolífica discografía, y también de la avalancha de récords discográficos anunciados con rebuscadas hipérboles que protagonizan en las listas de éxitos.
La banda está acostumbrada al régimen militar impuesto por la industria del k-pop y por su discográfica, HYBE, y en su concierto de regreso en Seúl -donde este fin de semana han actuado frente a 100.000 personas y que ha sido retransmitido a través de Netflix– el septeto ha ofrecido precisión coreográfica, ritmos estridentes y un futurismo estético extremadamente elegante y cuidado, simbolizando una evolución hacia una propuesta más elevada y adulta. Aunque con peros.
Basada en el repertorio de ‘ARIRANG’, su nuevo disco, la performance de BTS ha quedado a la fuerza deslucida por la lesión de RM, considerado líder del grupo, quien se rompió un tobillo durante los ensayos. RM es la primera persona en hablar en el concierto, después de que los siete integrantes aparezcan en el escenario tras ser revelados por el cuerpo de baile, también de estilo bélico: «Hemos vuelto». Sin embargo, la épica se diluye al verlo actuar principalmente sentado en un taburete.
En medio del gigantesco escenario situado en Gwanghwamun, Seúl, de estilo hiperfuturista, como salido de una película de ciencia ficción, los siete miembros de BTS presentan las canciones de ‘ARIRANG’ e interactúan con la audiencia, pronunciando frases siempre genéricas como «os hemos echado de menos» de manera algo robótica. Son los otros seis integrantes quienes sostienen realmente la performance, gracias a coreografías ejecutadas con precisión y sincronización milimétrica, y a competentes actuaciones vocales.
Pero detrás de la espectacularidad del escenario, de la audiencia y de las producciones de ‘ARIRANG’ se esconde la misma duda de siempre: ese vacío que emanan las canciones y que se percibe en el escenario, a través de actuaciones que revelan una meticulosidad técnica asombrosa pero poco del lado humano de los artistas. Una vacante casi espiritual, evidente en la propuesta artística de nuevas canciones como ‘Hooligan’, ‘2.0’, ‘FYA’ o el single ‘Swim‘, que parecen recrear una idea de potencia musical, más que lograrla.
Hay algo incómodo de ver también en las interacciones de los miembros de BTS entre ellos mismos, y que está siendo captado por los propios fans, como si, después de cinco años de parón, hubieran vuelto a BTS sintiéndose algo desubicados. Hay un momento en el concierto en el que cada miembro confiesa su canción favorita del disco, y hasta eso se siente ensayado hasta el extremo. No es que no nos molen las boy bands hiperfabricadas, pero se percibe un enorme vacío detrás de toda esta espectacularidad.
