Que estemos en la semana de Eurovisión es una sorpresa para muchos europeos estos días. Hacía años que no se llegaba al festival con un «hype» tan escaso. Su ausencia de la conversación social se ha extendido de los países que no participamos a los participantes en lugar de a la inversa. Un eurofán español -muy orgulloso de ser español- puede estar sugestionado respecto a la pésima calidad artística de la edición 2026 por el desdén provocado por la UER tras su gestión de la participación de Israel, en medio de un genocidio y de otra guerra más, y de sus trampas. Pero los datos hablan.
No hay virales que hayan circulado de los países participantes hacia los no participantes. Las canciones de Eurovisión 2026 se están escuchando un 45% menos que el año pasado. Según un estudio de ESCStreams recogido por Vertele, si en 2025 a una semana del festival, los temas sumaban 218 millones de streams en Spotify, este 2026 la cifra se ha reducido a casi la mitad, 119 millones. Para recordar una edición tan poco «hypeada» hay que viajar hasta 2021, la primera post-pandémica.
A la retirada de las delegaciones de España (RTVE), Países Bajos (AVROTROS), Irlanda (RTÉ), Eslovenia (RTVSLO) e Islandia (RÚV), hay que sumar la desconfianza que muchos países sienten en esta edición. Por ejemplo, los trabajadores de la televisión pública portuguesa han pedido boicotear Eurovisión, después de que varios concursantes de su final local decidieran retirarse de la carrera hacia el certamen.
El desprestigio de Eurovisión ha llegado al otro lado del Atlántico. The New York Times ha publicado un artículo llamado «Cómo ganar Eurovisión con solo unos pocos cientos de votantes» en el que revelan data desconocida. Explican que se necesitaba convencer a menos de 500 personas en España de votar por Israel, para que Israel ganara el televoto. Y si diplomáticos, cuentas de embajadas y hasta el propio Netanyahu posteaban invitando al voto masivo -cosa explícitamente prohibida-, el 2º puesto de Israel el año pasado queda más que garantizado, como intuíamos todos.
La UER ha cambiado algunas normas para prevenir esto pero son tan cosméticas como que ahora los individuos pueden votar 10 veces en lugar de 20. Para sorpresa de nadie, Israel ha vuelto a incumplir las normas al emitir anuncios pidiendo el voto masivo, pero a pesar de eso no ha sido expulsada, participó anoche y por supuesto se clasificó para la final del sábado.
Arropada por un spot de Moroccanoil, de financiación israelí, que hace rato que resulta grotesco, la semifinal celebrada en Viena no dejó más alegría que la aparición de Vicky Leandros, autora griega muy querida en los países germanos. Para lavar los oídos, había que terminar la noche recuperando su himno ‘Ich liebe das Leben’, aunque aquello de «amo la vida» suene tan agridulce, tan contradictorio con el presente mundial como el propio eslogan oficial del festival: «unidos por la música». ¿Pero de verdad?
Nada «unido por la música», antes de que el israelí Noam Bettan interpretara su balada afrancesada, un eurofán con muchos pulmones logró colar varios «STOP THE GENOCIDE» en la retransmisión, pese a todas las medidas que suele tomar la UER para censurar los comportamientos reivindicativos. Otro se quitó la camiseta, mostrando el lema «FREE PALESTINE» escrito en su cuerpo. En la semifinal de anoche la música era lo de menos, aunque la selección tampoco es que ayudase mucho. Por no decir, nada.
No tengo datos pero tampoco dudas de que la calidad de este año está mermada por que debe de haber un porcentaje de artistas -alto o bajo, más bien apunto a lo primero, pero el que sea- que no haya querido presentarse este año a este circo político, para sufrir un escrutinio público y ver cuestionada su carrera de por vida. Las actuaciones se sucedían, cual viaje a 2010 o incluso más atrás, devolviéndonos un Eurovisión añejo, pasado de rosca, que recordaba a la decadencia del festival en los años 90. Ni rastro de bedroom pop, ni música latina, ni folclore mezclado con vanguardia. Nada.
El rock de Estonia parecía apuntar hacia algún lado pero se desintegraba enseguida y de hecho fue eliminado. Grecia optaba por el humor en una noche sin cuerpo para ello. Hasta Suecia lucía despistada. Boy George, por alguna razón acompañando a Senhit por San Marino, fue la única nota de color en una noche gris: también fueron eliminados. Parecen partir como favoritos Linda y Pete por Finlandia con una canción a un violín pegada y un subidón estridente, tanto que no habría desentonado en ‘Eurovisión’, la película. Pero a quién le importa. Hay una tristeza en ver el certamen sin los comentarios locales -RTVE no lo emite, recordemos- que termina de convertir el visionado de Eurovisión 2026 en algo muy deprimente. Desesperanzador. Y es justo que así sea.