Es la miniserie favorita de cara a los Emmy junto a ‘Bronca 2′. Sus cinco intérpretes principales están nominados (David Harbour y Linda Cardellini tienen muchas posibilidades de llevárselo), al igual que el guion y la dirección de Steven Conrad. Lo mejor que se puede decir de ‘DTF St. Louis’ (HBO), dado el actual contexto de ficciones “algorítmicas”, es que resulta inclasificable. ¿Es una intriga criminal? ¿Una comedia de humor esquinado? ¿Un dramón familiar y conyugal? ¿Una sátira negrísima sobre la Norteamérica suburbana? ¿Una reflexión tristísima sobre la crisis de la mediana edad? ¿Una buddy movie? ¿Una historia de amor?
‘DTF St. Louis’ destaca precisamente por su heterodoxia, tanto tonal como narrativa. En cuanto a lo primero, Conrad, creador de ‘Patriot’ (Prime Video) y de la inédita en España ‘Perpetual Grace, LTD’ (también escribió ‘El hombre del tiempo’, película con la que esta serie tiene más de un punto en común), consigue un equilibrio fabuloso entre drama, comedia e intriga policial. Una misma escena puede empezar como una situación absurda, derivar hacia la incomodidad y terminar revelando una tristeza insondable.
Conrad no subraya en rojo ni pone luces parpadeantes a ninguno de esos cambios de registro. Deja que convivan, a veces incluso dentro de una misma conversación, confiando en que sea el espectador, al que no trata como si tuviera la retentiva de un bebé de dos meses, quien decida si lo que está viendo resulta estrafalario (esa bici, por dios), patético o conmovedor.
Algo parecido ocurre con su estructura. La serie arranca con la promesa de un misterio clásico: un suceso y una pareja de policías antitéticos. Pero el whodunit es casi una excusa. A través de interrogatorios, flashbacks y escenas que regresan una y otra vez desde perspectivas distintas, ‘DTF St. Louis’ va re(de)construyendo la compleja relación entre el (magnífico) trío protagonista: Floyd (Harbour), su mujer Carol (Cardellini) y su amigo Clark (Jason Bateman). Cada nueva pieza del puzle no solo nos acerca a la resolución del misterio, sino que modifica lo que creíamos saber sobre los personajes y sus relaciones.
¿Dosificación de la información con fines dramáticos o engaños de guionista trilero? Conrad hace equilibrios entre ambas cosas. Aunque a veces se acerca peligrosamente a la manipulación más grosera, sobre todo en lo referente al personaje de la “femme fatale”, nunca cae de lleno en la trampa más sucia. Juega con nuestras expectativas, sí; pero, en general, lo hace de forma muy inteligente y elegante.
De hecho, ese juego con el punto de vista es el mayor acierto de la serie. Casi todo lo que parece evidente acaba revelándose más ambiguo de lo esperado, en especial las relaciones entre hombres. Como dice el título del último episodio, ‘No One’s Normal. It Just Looks That Way From Across The Street’. Ese es el fascinante viaje de conocimiento que propone la serie: de la acera de enfrente al otro lado de la puerta.