Sin ser un experto ni fan; el tema con Fangoria es que su propuesta musical nunca flotó en el vacío, ni siquiera ahora. Se entendió siempre dentro de un contexto muy concreto de un país que, década a década, iba conquistando derechos, libertades y espacios de visibilidad.
Alaska aparece prácticamente en los albores de ese proceso sociopolítico. Y es innegable que ese avance redondeaba el significado de su propuesta artística. Las canciones de Fangoria pueden hablar de banalidad, de crisis existenciales, de hedonismo, de artificio o de individualismo, pero siempre parecen ir acompañadas de códigos más complejos pensados para que el colectivo los capte.
Me parece legítimo que un artista no quiera convertirse en portavoz oficial de nada; es una cosa. Pero otra muy distinta es negar el caldo de cultivo que hizo que tu obra se resignificase y dignificase constantemente desde el colectivo.
Los veo en esa entrevista y pienso que es como si Bob Dylan dijera que Blowin’ in the Wind no tenía nada que ver con la lucha por los derechos civiles, que él solo era un señor despeinado preguntando cosas al viento. O como si Nina Simone explicara que su música no era una respuesta al racismo, sino que simplemente ese día el piano le pilló con mal cuerpo.
Son unos ridículos y les deseo la misma suerte que está corriendo la carrera de Roisín Murphy.