‘Una pistola en cada mano’: pues sí que estamos buenos

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‘Una pistola en cada mano’: pues sí que estamos buenos

Se comenta en los mentideros de la crítica, esos grupos que se forman a la salida de un pase de prensa para comentar la película entre susurros por si alguien del equipo aparece por sorpresa, que aquí huele a Goya. Que Cesc Gay ha firmado una comedia coral perfecta. Pero tú, que eres malo e incapaz de unirte al clamor popular, piensas que llegado el caso de arrasar en los Goya será más porque el medio cine español que aparece en el reparto la ha votado que por los propios méritos del filme. O quizás para compensar el ninguneo a ‘En la ciudad’. Pero esa ya es otra historia.

Lo que ninguno podemos negar es lo acertado de haber titulado ‘Una pistola en cada mano’ este retrato de la realidad masculina y su implícito patetismo. Porque de esto va la película, de mostrar cómo los hombres, todos, caminamos por el mundo pensando que somos John Wayne. Arrogantes, chulos, siempre dispuestos a desenfundar ante cualquier problema sin darnos cuenta de que como adversarios, a la hora de la verdad, no tenemos ni media hostia. No al menos ante enemigos tan poderosos como esas inseguridades y miedos de los que no hablamos ni con nuestro mejor amigo sabiendo que si lo hacemos, nos derrumbamos.

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Precisamente en ese punto, haciendo equilibrios al borde del abismo, están todos los personajes masculinos que desfilan por esta película. Algunos, como es normal, más creíbles que otros según sea el actor encargado de darles vida. Así, por ejemplo, resulta imposible no empatizar con los retratos de Javier Cámara, Leonardo Sbaraglia, Eduard Fernández, Ricardo Darín o Luis Tosar, mientras que los problemas de Jordi Mollá y Alberto San Juan con Cayetana Guillén Cuervo y Leonor Watling te dan más igual. Mención especial se merece la pareja accidental de Candela Peña y Eduardo Noriega. Sobre todo ella, igual de espectacular que siempre y haciéndote preguntar por qué no se deja ver más en pantalla grande.

En definitiva, un preciso trabajo de dirección actoral digno de una ingeniería que, por desgracia, desluce por culpa de una estructura demasiado artificial y una puesta en escena tan teatral que recuerda, y mucho, a Ventura Pons. Y que con esto cada uno entienda lo que quiera. 6,5.

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