‘Mad Men’: un final que no lo es

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‘Mad Men’: un final que no lo es

madmen-finalIndefensos, pero haciéndonos los fuertes porque ya sabíamos cómo iba a acabar todo esto. Así hemos estado durante siete semanas (por no decir ocho años) esperando la emisión del último episodio de ‘Mad Men’. Pañuelo en mano y en silencio, como una familia encerrada en un búnker excavado en el jardín preguntándonos si, a pesar de tanta protección, saldríamos indemnes tras el impacto de una bomba atómica. Resignados al triste final. Pero si algo nos ha enseñado Matthew Weiner en todo este tiempo es que no debemos fiarnos de las apariencias. Que sus guiones, como la vida misma, no obedecen a ninguna narrativa, sino que somos nosotros los que nos empeñamos en encontrar una lógica en el caos con la esperanza de dotar de sentido a algo que no lo tiene.

Por eso ‘Mad Men’ no ha gustado a todo el mundo. No se trata de ser más listo o más tonto, de pillar las referencias o ser inmune a ellas, sino simplemente de querer implicarse emocionalmente en lo que cuenta. Frente a los que la definen como la serie esa en la que nunca pasa nada, los que la defendemos como una obra maestra del subtexto y la sutileza narrativa. Y su fantástico episodio final, como ya ocurrió en su día con el de ‘Los Soprano’ (cambiando la pantalla en negro con la que abruptamente terminaba aquella por un mítico anuncio de Coca-Cola) hace todavía más grande esta sima entre los «a favor» y los «en contra». ¿Cómo explicar a quien no se ha metido hasta el fondo que ‘Mad Men’ no ha terminado aunque no se vayan a rodar más episodios nunca?

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Podríamos empezar avisándoles de que la bomba al final no estalla. Que las teorías que pululaban por la red, alentadas por nuestra tendencia natural al fatalismo, estaban equivocadas. Que Don, en su búsqueda de una identidad, y después de tres demoledoras llamadas telefónicas a las tres mujeres más importantes de su vida que son lo mejor del episodio sin duda, simplemente comienza una nueva etapa.

Aunque no es hasta que escucha a un completo desconocido que vive con sus mismos miedos y problemas cuando reacciona. Al fin y al cabo, los hombres como él solo aceptan consejos de otros hombres. Así le han educado. Y es ahí, al borde de un acantilado por el que podría lanzarse y acabar con todo, cuando descubre que no está solo, que hay más como él. Padres de familia de fachada indestructible atormentados por tener que vivir con dos hombres dentro de su cabeza: el que realmente es y el que se supone que tiene que ser. El chulo de éxito que colecciona amantes siempre por encima del que se rompe en mil pedazos cuando llama «Birdie» a su ex mujer. Esto es lo que ha sido ‘Mad Men’: un retrato fiel y muy revelador sobre lo duro que es ser un hombre entonces y ahora. Ya te llames Don, Dick, Pete, Roger, Stan o Kenny, que te quede claro, los chicos no lloran.

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Aunque curiosamente, y a pesar del título, no son ellos, sino ellas, las verdaderas protagonistas, y por eso ‘Mad Men’ pasará a la historia por ser una de las series más feministas jamás rodadas. A ello ha contribuido el mimo con el que Weiner ha tratado a todas las que han pasado por la pantalla, desde Meredith, la secretaria despedida («Siempre caigo de pie»), hasta Joan, la secretaria convertida en su propia jefa que, sin desmerecer su peso en esta tanda final, tuvo durante la quinta temporada su cénit como personaje a la vez que Christina Hendricks el suyo como actriz.

Pero de todas han sido tres las que han marcado un antes y un después en la historia televisiva. La primera Peggy, que se merecía un final menos precipitado y evidente y por eso prefiero recordarla montada en patines en la antigua oficina y entrando fumando en la nueva, que besando a su recién descubierto enamorado. Sirva esto para reivindicar el penúltimo capítulo como el mejor de este final de temporada, por esa Peggy pero sobre todo por Betty y por Sally. Solo por ver a January Jones y Kiernan Shipka en ese episodio se justificaría el visionado de todas las temporadas. Su última escena en la serie, juntas en la cocina sin decirse nada ni mirarse, es el mejor ejemplo de que esto no podía terminar con esa bomba para la que nos habíamos preparado.

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¿Que habría sido más efectivo que todo saltara por los aires? Puede que a corto plazo sí. Pero con una tragedia griega ‘Mad Men’ no habría pasado a la posteridad como ese anuncio de Coca-Cola. El final de una era continúa donde empezó: ordenando piezas en tu cabeza.

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