Los años 70 traerían a finales el disco junto a Phil Spector, tan accidentado como todo lo que este tocaba, pero con producciones tan inusuales en el entorno cantautor como la gloriosa ‘Memories’, más propia de un intérprete tipo crooner pomposo; o, a principios, la inolvidable carta de ‘Famous Blue Raincoat’, llena de imágenes invernales que ahora parecen sacadas del que ha sido el día de su muerte. «It’s four in the morning, the end of December / I’m writing you now just to see if you’re better / New York is cold, but I like where I’m living / There’s music on Clinton Street all through the evening».
Los 80 trajeron ‘Hallelujah’, un clásico para el que probaría casi ochenta estrofas diferentes y muy especialmente el que está considerado como su mejor disco, algo que no todo el mundo consigue cuando ya lleva 20 años de carrera discográfica a sus espaldas. ‘I’m Your Man’, empapado sin ningún tipo de complejo con sintetizadores (‘Everybody Knows’), poderosos estribillos casi pop de los que han tomado muy buena nota artistas como Destroyer (‘Ain’t No Cure for Love’) e incluso ritmos de vals (‘Take This Waltz’), conformaba un merecido éxito superventas. Cualquiera mayor de 30 años recordará el impacto de ver el vídeo en blanco y negro de Leonard Cohen para ‘First We Take Manhattan’, puro gancho y extraño misterio, incluso en aquella carcajada. «Ah remember me, I used to live for music / Remember me, I brought your groceries in / Well it’s Father’s Day and everybody’s wounded / First we take Manhattan, then we take Berlin».
Los 90 fueron los años del continuista ‘The Future’ y de su retiro espiritual, al que recientemente quitaba hierro y misticismo durante la famosa entrevista final con The New Yorker, pero los 2000 volverían a traer un par de álbumes suyos. Y aunque ‘Ten New Songs’ y ‘Dear Heather’ no son sus discos mejor considerados, sí dejaban un par de momentos destacables. Es difícil no recordar hoy que 2016 ha sido un año nefasto para la música que también se ha llevado por delante a David Bowie y a Prince y en ese sentido y salvando las distancias porque Cohen y Bowie apenas compartían el gusto por lanzar singles y discos el día de su cumpleaños, guiados por su superstición, ‘In My Secret Life’ era su ‘Thursday’s Child’. «Looked through the paper / Makes you want to cry / Nobody cares if the people / Live or die / And the dealer wants you thinking / That it’s either black or white / Thank God it’s not that simple / In My Secret Life».
Finalmente, y descontando ese cúmulo de canciones que ha dejado sin terminar, la estafa que sufrió por parte de su mánager y amante puntual, a la que tenía que denunciar por acoso, propiciaba un regreso a los escenarios forzado, la edición de tres últimos discos de estudio y varios en directo. Desde el punto de vista humano, fue un dolor; desde un punto de vista egoísta, un regalo. Los tres discos contienen canciones hermosas que sí, trataban la muerte, como lo habían hecho durante toda su carrera, pero además eran reivindicables por su carácter country casi pop (‘Did I Ever Love You’), su humor (‘Slow’) o su enorme belleza (‘Going Home’). «I love to speak with Leonard / He’s a sportsman and a shepherd / He’s a lazy bastard / Living in a suit».
Los conciertos se extendían hasta las tres horas, con un sonido estupendo y un Leonard Cohen con ganas incluso de bromear y bailar. No me quito de la cabeza su imagen brincando sobre el Palacio de los Deportes en 2009 entrando y saliendo del escenario con su mítico sombrero en la mano como si fuera un adolescente. Agitar la mano para despedirte de él cuando volvía en 2012 porque sabías que probablemente nunca más volverías a verle, como así va a ser finalmente, uno de los recuerdos musicales más intensos que se puedan concebir. «Hineni, hineni / I’m ready, my Lord».
Una mirada a su pasado, a sus ideas, era el descubrimiento de una personalidad queda y discreta, pero siempre fascinante y respetada. Ayudado por el contraste entre su robusta voz y su fraseo lento y tranquilo, es loable la solemnidad y la elegancia que ha dejado en absolutamente todo lo que ha tocado. Leonard Cohen, que no editaba su primer álbum hasta la madurez que le daban los 33 años, ha sido evidentemente querido y admirado por cantautores como Bob Dylan o Nacho Vegas, además de versionado hasta la saciedad también por artistas y seguidores de la música de todos los estilos. Al margen de su gusto por las diferentes sonoridades y paletas artísticas, los sintetizadores, los arreglos orquestales, incluso las remezclas en los últimos días de su vida y muy significativamente los coros femeninos, creo que somos muchos quienes por edad hemos visto en él una segunda versión de nuestro propio padre. Un padre al que acudir cuando estás triste para buscar una palabra que te reconforte, un padre en el que encontrar paz espiritual y calma cuando los fantasmas no te dejan dormir, un padre que nunca se derrumbaría delante de ti ni siquiera cuando los años empiezan a pesar y los bastones, la decadencia física empiezan a aparecer en escena. Hoy medio mundo es un poquito Adam Cohen. «Your father’s gone a-hunting / He’s deep in the forest so wild / And he cannot take his wife with him / He cannot take his child».