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El final de la quimera gótica: 30 años de ‘Disintegration’, la cumbre de The Cure

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El final de la quimera gótica: 30 años de ‘Disintegration’, la cumbre de The Cure

¿Será casualidad que Robert Smith haya anunciado que por fin trabaja en un nuevo disco de The Cure justo cuando se cumplen, hoy 2 de mayo, 30 años del lanzamiento de ‘Disintegration’? Ojalá que no. Y no me refiero a lo comercial, obviamente, sino al acicate que puede suponer para el grupo la referencia de la que fue, para muchos, su obra maestra. Un disco envuelto en cierta controversia, del que recelaban tanto su compañía discográfica de entonces, Fiction Records –que, tras celebrar el petardazo de ventas que fue ‘Kiss Me Kiss Me Kiss Me’, no esperaba precisamente un disco oscuro–, como sus propios compañeros de grupo, que veían a Smith inmerso en una deriva turbia, perdido en la ingesta de LSD para recuperar la inspiración, en teoría.

La grabación de ‘Disintegration‘ estuvo repleta de accidentes que han contribuido a alimentar la mística en torno a este álbum. Uno de los más recordados es el episodio de las letras quemadas a causa de un incendio en la habitación en la que pernoctaba Smith en la casa-estudio donde se recluyeron en primera instancia para preparar la grabación del álbum. Dice la leyenda que algunas de ellas se salvaron porque los propios miembros de The Cure entraron temerariamente a recuperarlas, y que, en el tono épico y romántico que tanto gusta a los fans del grupo, inspiró el nombre de la canción y, luego, del disco. Roger O’Donnell, teclista del grupo desde aquella época hasta la actualidad, desmitificó el asunto en sus memorias: su histórico productor, David M. Allen, guardaba otra copia de todos los textos.

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Pero sin duda uno de los episodios más dolorosos de ese período y de la historia del grupo fue cuando el cantante y compositor hubo de despedir a su amigo de la infancia y fundador de The Cure, Lol Tolhurst. Relegado como teclista tras no mostrar la pericia necesaria a la batería para un grupo de éxito ya internacional como este, sus alcoholismo hizo insostenible su presencia para toda la banda –su sustituto, Roger O’Donnell lo narra de manera explícita–, que empujó a Smith a despedirle por carta antes de la grabación del disco –con excepción de ‘Homesick’–. A pesar de eso, Smith concedió a que estuviera acreditado como autor en el disco, tanto como compositor como intérprete de «otros instrumentos» (así se lee, literalmente, en los créditos originales). Semanas atrás, Tolhurst reaparecía como miembro del grupo en su actuación conmemorativa por su inclusión en el Rock And Roll Hall of Fame. En principio, de manera ocasional.

Aquel episodio sin duda fue doloroso, pero nada parecía ponerse en el camino de un Robert Smith que estaba decidido a entregar su obra magna antes de cumplir los 30 años, como consideraba que habían hecho sus grandes referentes: David Bowie, John Lennon, Ray Davies, Jimi Hendrix… Él estaba totalmente obsesionado con esa tarea y el paso del tiempo –se ve que en los 80 los 30 no eran los nuevos 20, precisamente– le atormentaba soberanamente: las referencias nostálgicas y al pasado son constantes, especialmente en ‘Pictures of You’ y la propia ‘Disintegration’, que fue la canción que desencadenó todo el sentido del álbum. Así que parece lógico achacar a ese acicate creativo la tristeza que subyace en todo el disco, puesto que, en lo personal, era un momento muy feliz para él: acababa de contraer matrimonio con su novia, Mary Poole, con la que sigue felizmente casado a día de hoy. De hecho, el single principal ‘Lovesong’ fue un maravilloso regalo de bodas de Robert para ella.

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Así que, como decíamos y de manera un tanto desquiciada, su mejor aliado en la composición fue el desasosiego y la ansiedad de superarse a sí mismo en lo artístico. Smith estaba además convencido de que los seguidores del grupo, pese al impacto comercial de su anterior disco, deseaban un regreso a la oscuridad de discos como ‘Pornography’: de hecho, él considera que aquel, ‘Disintegration’ y ‘Bloodflowers’ (2000) conforman una trilogía, y así como tal los interpretaron íntegramente en unos directos que quedaron plasmados en el DVD ‘Trilogy’. Así, pese al relumbrón de sus cuatro singles, que se convirtieron en iconos de la época en buena medida gracias a los memorables vídeos que Tim Pope creó para ellos, ‘Disintegration’ es un disco tan plomizo como el color de los cielos tormentosos y la espesa lluvia que de cuando en cuando escuchamos en él, entrelazados con los plúmbeos sintetizadores que protagonizan los largos y oscuros desarrollos instrumentales que caracterizan en realidad el disco.

Especialmente en su cara B, donde cortes como la propia ‘Disintegration’, ‘The Same Deep Water As You’ o ‘Prayers for Rain’ nos sumergen en un mundo de atmósferas hoscas y asfixiantes, apenas descargadas al final por sencilla (aunque tristísima ‘Homesick’) y la apacible ‘Untitled’. Obviamente, no son las canciones más celebradas de la carrera de The Cure por el público, pero escucharlas hoy hacen palpable la cantidad no ya de grupos, sino de corrientes artísticas completas, que se han inspirado en ellas: shoegazers como Ride o Slowdive deben mucho a esos desarrollos instrumentales expansivos (‘Closedown’, por ejemplo), tanto como el slowcore de Slint o Bedhead. En el plano nacional, a nadie puede escapársele cuánto de esto tenía Sr. Chinarro en sus orígenes, mientras pensamos cuánto ha aprendido Jota de Los Planetas de esa sonrisa que hace vivir al límite de ‘Plainsong’ o esa niña transformada en mujer a ojos vista de ‘Last Dance’. En su cara A, en cambio, temas ‘Fascination Street’ y ‘Plainsong’ parecen hoy un evidente anticipo del rock alternativo de los 90.

Pese a los recelos que llevaron a Elektra Records (que publicó el disco en EEUU) a tildar las demos del disco como «un suicidio comercial», ‘Disintegration’ fue todo un éxito, alcanzando ventas millonarias en todo el mundo –curiosamente, fue disco de platino en España; qué tiempos aquellos–. Pero sobre todo ha pasado a la historia como el mejor álbum de The Cure, esa obra maestra que Smith perseguía con tanto ahínco. De hecho, resulta significativo que ningún disco posterior a este se haya acercado, a equilibrar tanta aceptación crítica como de público (aunque su sucesor, ‘Wish’ (1992), sí fue otro superventas). Como si la quimera gótica –de la que últimamente ha renegado el propio autor– edificada a lo largo aquella década que entonces terminaba hubiera llegado entonces a su zenit. Quién sabe si este nuevo trabajo del que ya se habla como una realidad podrá guardarle la cara a este álbum.

The Cure son cabeza de cartel del festival Mad Cool 2019, que se celebra en IFEMA de Madrid entre el 11 y el 13 de julio próximos.

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