Música

Estrella Fugaz / Un sendero fluorescente

El indie, el auténtico indie, está en recesión. Básicamente porque muchos entienden que en ese saco caben todos, desde los nuevos raperos autogestionados –cuyas finanzas ya hubieran gustado catar a muchos grandes nombres de la independencia patria de otra era– hasta grupos capaces de arrastrar a 40.000 personas a un recinto (por ponernos en el caso más extremo). Por eso parece que ese mundillo del indiepop, el de hacer las cosas con el máximo cariño, sin esperar nada de lo que se entiende por éxito a cambio (ni siquiera unos cuantos miles de escuchas en una plataforma de streaming) y con una fidelidad a una ética artística, está casi desaparecido. Pero no lo está, y mientras existan proyectos como Estrella Fugaz, seguirá mereciendo la pena estar al tanto de lo que en ese submundo ocurre.

Lucas Bolaño, músico radicado en Madrid, formaba parte del proyecto ELM (Experimental Little Monkey), que como indica su nombre era más… experimental. Y más “seriote”, reconoce, por lo que le apetecía hacer algo diferente, menos pesado lírica y musicalmente. El resultado es ‘Un sendero fluorescente’, un disco publicado por el aún incipiente sello Caballito Records y que sintoniza a su manera con ese universo de nombres en torno a Hi-Jauh USB?: no en vano algunos de sus emblemas son citados (Gúdar), colaboran (Tirana y La Estrella de David –además, Lucas es ahora guitarrista en directo del grupo de David Rodríguez–) o resuenan (Hibernales, con esos juegos de overdubs a lo Animal Collective) en sus canciones.

Pero no pensemos en ese pop de forma esquiva y algo destartalada, pero certero y emocionante en muchas ocasiones, de ese sector del underground nacional para encasillar a Estrella Fugaz. O no solo en ellos. Porque este nuevo proyecto unipersonal –grabó el disco gracias a una residencia artística que facilita el Matadero de Madrid– es, a su manera, un ente mucho más ambicioso y expansivo en lo musical: synthpop, dub, psicodelia, folclore (no solo folk), kraut rock, experimentación (y hasta cierto espíritu bailable) conviven y se mezclan en estas canciones que destacan por ser, sencillamente, irresistibles. Una escucha basta para que ‘Alegría’, ‘Wow!’, ‘Max y Ellen’, ‘Fin de año’ o ‘El verano español’ –que en su día destacamos como Canción del Día– se nos hagan irresistibles, y un par más para que ninguna de ellas resulte mínimamente prescindible. Ni siquiera la juguetona y aparentemente boba (pero solo aparentemente) ’Estrella fugaz’, inspirada por ‘Estrella polar’, una canción de la serie de animación para niños Peppa Pig. Solo alguien como las inconmensurables Vainica Doble serían capaces de dar humanidad a un objeto celeste. Y para colmo, con ese sitar de Daniel Fernández (Melange) que remite a las producciones de Pepe Nieto. No es el único colaborador estelar: Elisa Pérez (Caliza) y nada menos que Soleá Morente prestan su voz (la segunda de manera muy llamativa, redimensionando con apenas pinceladas) en varios cortes.

Y donde ‘Un sendero fluorescente’ termina de golpear –y no es un verbo aleatorio, porque realmente da donde duele– es en sus textos. Unas letras que, con aparente ligereza y un tono casi constante de humor y autoparodia (en ‘Alegría’ canta “la caliza es –me juego una caña a que era una coña dirigida o inspirada por Elisa Pérez– un montón de sedimentos” se adelanta a “tú ballena, y yo plancton / comiste y me diste “plánton””, infantil y desarmante), desnudan la vida adulta, al estilo Hazte Lapón, y nos hacen pensar mucho. Por ejemplo, nos hacen preguntarnos por qué y para qué nos vemos inmersos en un capitalismo que nos deshumaniza (‘La revolución será de pago’), expone cómo la corrupción está normalizada de una manera terrible (‘De las mafias, fundaciones’ o la maravillosa/terrible ‘El verano español’), o pone en cuestión un sistema laboral que se limpia el culo con la conciliación (‘La parte oscura de la crianza’).

Todos esos elementos, aunque unas veces emerjan más que otras, se entrelazan y mezclan formando un tejido de honestidad brutal en el que Bolaño observa y reflexiona (y de paso, como debe ser, nos fuerza a hacerlo a nosotros mismos) sobre su propia vida como padre joven que lucha por seguir haciendo música pese a la evidente ignominia y precariedad (‘Fin de año’ es una cuchillada cuando dice “publicar otro disco y después presentarlo / que lo escuchéis en casa y os remueva algo dentro / no lo hacemos por dinero, no”). Sus textos equilibran ternura y una sinceridad cruel tanto cuando habla de (o a) su hija (‘Mineros’, ‘Luminosa’, maravillosas), su pasado (es increíble cómo ‘Max y Ellen’ condensa en seis versos y con un lenguaje cercano el aplastante paso de la juventud a la adultez) o su presente (divertidísima, por creíble, ‘Tu toc’). Y, como sacándonos de la pista para que permanezcamos alerta, esas canciones sobre ‘La ciencia ficción’ u observación astronómica (‘Wow!’), que también guardan recadito íntimo. Yo sé que a muchos les dará pereza, ante el tono bombástico y de espectacular hacia arriba que está tomando el pop español, enfrentarse a un disco modesto y personal. Pero estoy convencido de que les merecerá la pena abrirse a ‘Un sendero fluorescente’ y Estrella Fugaz. Al fin y al cabo, tampoco lo hacemos por dinero, sino por amor.

Calificación: 8,4/10
Lo mejor: ‘Max y Ellen’, ‘Fin de año’, ‘El verano español’, ‘Luminosa’, ‘Alegría’, ‘Wow!’
Te gustará si te gustan: La Estrella de David, Hibernales, Hazte Lapón.
Escúchalo: Spotify

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Publicado por
Raúl Guillén