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‘Espíritu Sagrado’ es una de las grandes sorpresas de la temporada

Chema García Ibarra, premiado director de cortos que ha estado ya en Sundance, Berlín y Cannes, llega al largometraje sin renunciar a sus principios: rodar con actores no profesionales, a las que graba en toda su particularidad, la indefinición de géneros pululando entre la comedia y el drama, y cierto gusto por el costumbrismo español. Lo cercano de sus personajes le podría entroncar con Pedro Almodóvar, Paco León o Muchachada Nuí, sólo que le atrae tanto el cine fantástico que habría que situarle más bien en la escuela de Carlos Vermut.

Como ‘Magical Girl‘, ‘Espíritu Sagrado’ no es una película apta para todos los públicos. Tiene sus momentos incómodos y no se la recomendarás a tus padres, pero si como Chema García Ibarra has nacido en España en 1980, su retahíla de referencias y detalles te van a volar la cabeza, entre los Supermercados Tiburón, la versión de Cranberries de Los Sobraos y esa vecina con toda la pinta de ser votante de VOX que parece recién salida de ‘El año del descubrimiento‘.

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Y es que ‘Espíritu Sagrado’ no es un ejercicio de nostalgia como ‘Las niñas‘ -enorme por otros motivos- o ‘Yo también fui a EGB’. Pese a compartir referentes temporales, en muchos sentidos es más bien hija de esa locura Tumblr/Instagram/TikTok que está permitiendo que situemos en el mismo plano de nuestro cerebro -que nos afecte lo mismo- una tragedia mundial que el meme de un gato.

La película nos sitúa en Elche, la ciudad del director, centrándose en la vida de 5 miembros de una asociación ufológica llamada Ovni-Levante. Al mismo tiempo nos cuenta la desaparición de una niña, cuya hermana gemela se está utilizando para realizar su búsqueda. A partir de ahí, ‘Espíritu Sagrado’ consigue dejarte con la boca abierta, entre el delirio y el desconcierto total. De la misma manera que no tenía sentido que ‘Zombie’ pudiera ser vista como una canción celebrativa y bailable, llena de palmas, pues estaba narrando la muerte de 2 niños a manos del IRA, es turbador que en muchos de sus puntos la película sea tan divertida.

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Una de sus grandes bazas es haber contado con el actor no profesional Nacho Fernández para interpretar el papel protagonista de José Manuel. A García Ibarra no le importa que los actores digan con sus palabras el texto del guión, se equivoquen o improvisen, y en este caso Nacho además escogió no leer el libreto completo de la película sino solo su parte. De esta manera ha rodado en toda su maravillosa ingenuidad, ajeno al desenlace que aguardaba.

En algún lugar de mi cerebro había olvidado que el director de cortos como ‘El ataque de los robots de Nebulosa 5’, ‘Protopartículas‘ o ‘Misterio‘ fue también el director de videoclips de los añorados Klaus&Kinski. O quizá de alguna manera me ha traicionado el subconsciente, porque me pasé media película pensando que Chema García Ibarra jugaba de manera tan inteligente como el dúo con el costumbrismo (‘Mamá no quiero ir al colegio’), la desazón y la comedia (‘Luego vendrán los madremías’), lo mágico (‘La mano de Santa Teresa de Jesús’), lo absurdo (‘Forma, sentido u realidad’), lo social (‘Carne de Bakunin’) o el crimen (‘Mengèle y el amor’).

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