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‘Apolo 10 ½’: Linklater orbita entre la nostalgia felliniana y el “ok, boomer”

No es la primera vez que Richard Linklater hace una película sobre la nostalgia y la memoria. Gran parte de su filmografía la ha dedicado a reflexionar sobre el tema del paso del tiempo: ‘Movida del 76’, ‘Todos queremos algo’, la trilogía ‘Antes de’… y, claro, su gran obra maestra, ‘Boyhood’. Tampoco es la primera vez que filma una película de animación utilizando la técnica del rotoscopiado. ‘Waking Life’ y ‘A Scanner Darkly’ supusieron un hito en su momento dentro del cine de animación para adultos.

En su última película, Linklater ha unido por primera vez estos dos elementos. ‘Apolo 10 ½: una infancia espacial’ (estrenada en Netflix) es algo así como el ‘Amarcord’ animado del director texano (aunque el título remita a ‘Fellini, ocho y medio’), una evocación de su propia infancia en Houston situada en un año clave para la cultura popular estadounidense: 1969, cuando el director tenía nueve años y el Apolo 11 llegó a la Luna.

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La película comienza como una divertida fábula sobre un niño que es reclutado por la Nasa para participar en la misión secreta Apolo 10 ½, una expedición de reconocimiento a la Luna previa a la llegada oficial de Armstrong y compañía. Sin embargo, a los cinco minutos, el director detiene literalmente el relato (toda la película está narrada a través de la voz de Jack Black) y comienza a contarnos cómo era la vida de ese chico en un barrio residencial de Houston a finales de los sesenta.

A partir de ese momento, ‘Apolo 10 ½’ se convierte en una larga enumeración de recuerdos de infancia, tan brillante estilísticamente como agotadora narrativamente. Programas de televisión, cromos de beisbol, juegos de mesa, películas, discos, helados… Linklater apela a la complicidad del público masculino estadounidense de mediana edad, a su memoria sentimental, a su fetichismo, para evocar su propia infancia. El problema es que quién esté fuera de ese target también es fácil que lo acabe estando de la película.

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Tras casi una hora masajeando los recuerdos comunes del espectador, chapoteando en la nostalgia boomer al estilo ‘Yo fui a EGB’, la película retoma el relato inicial. Y vuelve a coger vuelo. La última media hora, donde se combina realidad y ficción, es una deliciosa fantasía que funciona como lúcida reflexión sobre los recuerdos, sobre los mecanismos de la memoria, sobre cómo los hechos históricos (la llegada del hombre a la Luna) se recuerdan con una inevitable mezcla de memoria individual y colectiva. Un poco como nuestro 23-F, que todo el mundo que lo vivió recuerda haberlo visto en televisión cuando en realidad no se emitió en directo.

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