En los últimos tiempos, el pop se ha empapado de sonidos noventeros, tanto de trip-hop (Dua Lipa, Rumia, Mon Laferte) como de dream-pop (Night Tapes, Cigarettes After Sex), siendo el drum n’ bass el ritmo más recurrente. PinkPantheress ha tenido mucho que ver con que ya casi no entendamos el pop actual sin el breakbeat característico del género; lo ha usado todo el mundo, desde Caroline Polachek en un plano art-pop hasta el granadino Saiko en su single número 1 más famoso.
El drum n’ bass ha conquistado a una generación de artistas emergentes porque su patrón rítmico les permite escribir canciones rítmicas pero íntimas, experimentales pero accesibles, y -no tengo pruebas pero tampoco dudas- les acerca a escribir un hit sin los recursos de una multinacional ni las tablas que dan los años de experiencia.
Mucho menos explorado ha sido el sonido downtempo, quizá por su incompatibilidad con la urgencia que demandan las playlists, y aquí la neoyorquina James K ha dado en el clavo con una propuesta que se inspira en la obra de Moby (no en vano ‘Play’ ha sido uno de sus discos más escuchados del año) o Boards of Canada, pero sin recrearse en la imitación. Logra ser una apuesta original porque tampoco se impone límites estéticos, y por su rareza en el panorama actual.
Discos como ‘Music Has the Right to Children’ (1996) parecen estar en el radar de James K, pero también la Björk de los noventa e inicios de los 2000. Ambas influencias conviven en la etérea ‘Idea.2’, una de las pistas destacadas de ‘Friend’, su tercer disco. James K ha llegado a ‘Friend’ después de dos obras menos comentadas, ‘PET’ (2016) y ‘Random Girl’ (2022), y tras hacerse un nombre en la escena experimental de Nueva York colaborando con gente como Yves Tumor.
Ahora es ella la que empieza a ponerse en el foco, gracias a composiciones excelentes como ‘Days Go By’, una emotiva pieza que renueva el downtempo desde la vanguardia, recurriendo a un preciosismo digital en la producción no tan habitual hoy en día y ofreciendo, además, una reflexión sobre la fugacidad de la vida y la necesidad de conexión comprensible por cualquiera. No tanto así la mayoría de textos de ‘Friend’, que ni siquiera vale la pena tratar de comprender, ya que deliberadamente emplean un estilo fragmentado e ilógico, similar a un sueño.
Estamos hablando de textos como el contenido en ‘N’ Balmed’, que recurren a construcciones gramaticales y sintácticas sin sentido. Frases como “Was it a sound? To leave is harder than my loss, Send my love, goes around, Eyes believe it, Out of my long, bad dream” transmiten un estado mental más cercano al subconsciente que a la realidad. Aunque, en ocasiones, esta técnica genera humor involuntario, como cuando en ‘Lung Slide’ James pide: “Will you sing to me a sad lung? Bottom me, and leave me alone”. ¿O no lo será tanto?
Digan lo que digan las letras de ‘Friend’, la emoción que imprime James K en sus melodías y atmósferas es indudable. Algunas pistas siguen particularmente la estela de ‘Days Go By’, en especial ‘Peel’, que emplea una ambientación balear propia del chill-out y recuerda a los Everything But The Girl de la última etapa. Esta referencia aparece también en la exuberante ‘Hypersoft Lovejinx Junkdream’, en sí misma un sueño.
‘Play’ es de las pocas piezas de ‘Friend’ que introducen el comentado drum n’ bass en la ecuación, pero, huyendo de la convención actual, lo hace jugando con estructura y estilo. James K tampoco reniega de las guitarras eléctricas, presentes en ‘Doom Bikini’, aunque tampoco se salva de enfocarse demasiado en la forma y no tanto en el fondo. Algunas composiciones de ‘Friend’, como la también guitarrera ‘On God’ o la ambiental ‘Rider’, transmiten esa misma sensación vaga reflejada en las letras.
Lo que convierte ‘Friend’ en una obra destacada, no obstante, es su suprema atención en el detalle. En ‘Friend’, James K consigue que sus producciones suenen a la vez densas y delicadas, elaboradas a la manera de una artesana, pero flotantes y etéreas, y lo logra escribiendo algunas de sus canciones más accesibles, abandonando la opacidad de sus primeras grabaciones. Ahí entra también ‘Blinkmoth (July Mix)’, otra de las bonitas melodías contenidas en este álbum, y una de las más influenciadas por el downtempo de hace tres décadas.
Concebidas de espaldas a las exigencias de las playlists, pero muy atentas a una necesidad cada vez más compartida -calma, reposo y espacio en un mundo que avanza demasiado rápido-, las canciones de James K se recrean en su extensa duración y el disco termina superando la hora de música a pesar de contener solo 13 cortes. Los tempos lentos y aletargados abundan, y no extraña que la canción final imagine una caída “hacia adelante y feliz”. Se llama «Collapse» y se “deja ir”, lo mismo que invita a hacer este disco.
