¿Cómo contar la historia de cuatro generaciones sin dejarse llevar por nostalgias y, a la vez, enaltecer un relato con luminosidad, empatía, amor y mucha belleza? Marta Kayser da con la tecla en su primer libro. Aunque no se considere una ilustradora por vocación, esta arquitecta madrileña ha encontrado en el dibujo el lenguaje perfecto para afrontar las vicisitudes de su presente laboral. Rebuscando en las fotografías familiares y en ese regreso a sus raíces -provocado por la muerte de su padre-, halla la luz en lo cotidiano y la fuerza en los vínculos.
Más allá del relato, a lo largo y ancho de las páginas de ‘La fábrica de papel’, encontramos una fusión perfecta -al más puro estilo de su homóloga Ana Penyas-, entre fotografías, cartas y escritos entrañables. Las listas de cosas favoritas de su padre aparecen junto a dibujos sencillos, envueltos en un abanico cromático de tonalidad otoñal: grises, amarillos, marrones y naranjas.
A excepción de la posible confusión para el lector que puede darse entre bisabuelo y abuelo, o del riesgo a no reconocer vitalismo en el duelo, un gran libro. Es inevitable preguntarse cuál podría ser la inspiración de una nueva obra que, mucho antes de saber si Kayser seguirá en el oficio, ya es muy deseada. 8,2.
La inspiración política no es exclusiva, y Luz aprovecha las formas angulosas de la pintura de Mueller para mostrar la imperfección humana a través de una historia narrada por el propio cuadro. Un relato donde la obra actúa como testigo de su propia existencia, desde que está colgada en las paredes del estudio, pasando por sus propietarios posteriores y las sucesivas exposiciones. El autor utiliza esta vía de expresión para plasmar belleza y reivindicar el poder de la cultura. Una obra de arte -además de ser memoria histórica- es una herramienta para denunciar autoritarismos, de principios de siglo o de la actualidad. 8.
El estilo de Susuma Higa, sin ser personal ni reconocido como propio, es puro blanco sobre negro, sin artificios, ni distracciones. Es un dibujo de formas claras que, más que buscar postureo visual, busca sacudir la moral. Su autor no viene a recrearse con las viñetas, sino a entregar una intensidad emocional brutal, con un trazo directo y accesible para cualquiera. El horror que relata Higa se lee entre líneas: la verdadera tragedia es la que se adivina más allá de los márgenes. 8.