Shhhh… el problema de hablar en los conciertos

La banda gallega Mundo Prestigio ha acudido a redes para denunciar el fenómeno del ruido social en los conciertos: esos conciertos de salas donde la gente sencillamente no puede dejar de hablar mientras suena la música. “Después del concierto de Madrid fue inevitable volver a casa con una sensación agridulce, y el motivo por desgracia no es nada nuevo: tener que soportar las voces de gente que habla sin parar durante todo el concierto”, han escrito. “Es increíblemente frustrante y desmotivador para los músicos y para el resto de asistentes no poder concentrarse o disfrutar de algo que cuesta tanto trabajo preparar y en lo que hay tanta gente implicada”.

El grupo añade: “Puede resultar vanidoso pretender que 100 personas concedan 50 minutos de atención exclusiva, pero amigos: esto no va solo de los que estamos en el escenario. Una actuación en directo es una experiencia que depende de un esfuerzo colectivo y deja de funcionar en cuanto unos pocos deciden no respetarlo”.

Todos como espectadores hemos tenido la experiencia de acudir a un concierto y distraernos -incluso ponernos de muy mala leche- por culpa de personas que hablan por encima de la música. Ya ni hablar de los que se emborrachan en los conciertos más improbables: un saludo a los «fans» de Ethel Cain más insufribles con los que he tenido el placer de coincidir. Es un fenómeno que no es nuevo, y quiero dejar claro que no hablo de festivales o eventos abiertos, donde la distancia y el propio formato permiten otros usos del espacio. El problema se evidencia sobre todo en salas pequeñas: habitaciones cerradas donde, en teoría, el pacto de escucha debería ser más evidente.

Pero no lo es. En ese espacio comprimido se juntan varias cosas: el incentivo de consumir en la barra, la dimensión social del plan -ver a amigos quizá por primera vez en la semana- y el hecho de que, en muchos casos, el grupo que está tocando no sea suficientemente conocido como para activar la atención de la audiencia. Pero aunque sea conocido, es un hecho que la gente hablará en los conciertos. El problema es que cuando el murmullo de la gente ahoga el sonido, ahí tenemos un problema.

Parece que no existe un acuerdo compartido, un consenso social, sobre qué significa exactamente estar en un concierto de sala, pero diría que se habla demasiado y se debería escuchar más. Para hablar sin hacer caso a la música hay millones de sitios donde no has pagado una entrada para ver a una banda tocar. Esta diferencia de expectativas al final genera tensiones en los conciertos muy incómodas y evitables, que perturban la experiencia relajada de ir a un concierto.

A veces parece que no sabemos ni a qué concierto vamos. ¿De verdad te metes en la 2 de Apolo para hablar mientras toca un grupo desconocido que pide tu atención? Desde luego esto a Rosalía no le pasa: ella es capaz de callar a todo el Palau Sant Jordi. Y mira que es difícil. Pero los grupos pequeños son los más perjudicados. En 2009, Marina de Klaus&Kinski contaba que tuvo que mandar callar a toda una sala porque no se oía ni ella misma. Era medianoche, y tocaban un concierto acústico: quizá el contexto importa, pero también hay algo evidente: el grupo está trabajando, y es lógico que, si va a tocar, espere que el público escuche.

Curiosamente, no todos los artistas perciben esto como un problema. En la entrevista de 2009 para este mismo medio ya citada, y donde ya analizábamos esta problemática, Single decía que no le molestaba que la gente hablara en sus conciertos, aunque matizaba que se debía a que el volumen desde el escenario lo compensaba, y añadía que como espectadora sí le resultaba molesto.

El caso de Mundo Prestigio es representativo de lo que sufren muchos grupos emergentes de rock o escenas independientes que aún no tienen una base de público consolidada. Es evidente que los conciertos son eventos sociales, pero también son eventos culturales, y aunque hablar forma parte inevitable de la experiencia, no todos los conciertos piden lo mismo: no es lo mismo ir a un concierto de dream-pop que a uno de punk. El pacto implícito nunca está del todo claro, y el efecto cadena hace que se normalice el murmullo constante, hasta el punto de que a veces la música se queda en un segundo plano.

La clave no es imponer silencio absoluto: aparte de que sería imposible, nadie quiere eso. Nadie quiere ir a un concierto y no poder ni respirar. Quizá hay que recuperar la idea de que a los conciertos se va, sobre todo, a escuchar música, igual que vamos al cine a ver una película, y recordar que los grupos emergentes requieren especialmente de nuestra atención. Mundo Prestigio tiene razón cuando subraya que los conciertos exigen un esfuerzo colectivo: el público a veces olvida que atender el concierto también es participar en él. Cuando el grupo que toca pasa a ser irrelevante dentro de la experiencia, quizá vale la pena preguntarse si se está en el lugar adecuado.

Qué ironía, por cierto, que la palabra “concierto” venga de «concertar», es decir, ponerse de acuerdo. Deberíamos podernos de acuerdo en escuchar.

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Publicado por
Jordi Bardají