‘Backrooms’ nace de un “creepypasta”, es decir, de una historia de terror viral en internet en la que se habla de espacios liminales laberínticos, como puede ser una oficina o un almacén vacíos. A raíz de ella, el youtuber Kane Parson creó una serie web cuyo éxito le ha llevado a firmar su primera película de la mano de A24 con tan solo 20 años.
El punto de partida es el descubrimiento de una habitación impersonal con luces fluorescentes que parpadean y a la que se accede por accidente, atravesando una pared. Un lugar aparentemente anodino, situado en una tienda de muebles, se convierte en un reflejo de las peores pesadillas del protagonista. El concepto es muy potente, y así lo expone un gran prólogo “found footage” que pone al espectador al borde de la butaca.
Sin embargo, los cimientos sobre los que Parson construye la historia son mucho más endebles de lo que prometía su premisa. ‘Backrooms’ lo apuesta absolutamente todo a la creación de una atmósfera desasosegante, muy lograda tanto en la manera en la que el cineasta mueve la cámara, como en los meticulosos diseños de producción y sonido, dejando el desarrollo narrativo en un frustrante segundo plano. Incluso los personajes protagonistas, interpretados con solvencia por Chiwetel Ejiofor y Renate Reinsve, son marionetas al servicio de un guion que no les da ningún tipo de desarrollo.
Hay ideas visuales en su puesta en escena, que por momentos, consigue transmitir angustia. Lo que no hay es un propósito. Parsons juega desde el principio a ser críptico, a confundir al espectador, a inquietarlo, pero parece olvidarse de que detrás de un enigma siempre debe haber algo que merezca la pena descubrir. Y su película, que en todo momento posee un halo de importancia y solemnidad tremendos, desvela desde la primera escena todas sus supuestas metáforas sobre la salud mental, depresión, traumas, etc.
En apenas diez minutos, ya ha dicho todo lo que tenía de decir, y la hora y media restante es algo bastante cercano a la nada. Si al menos el cineasta se moviera en un tono más autoconsciente, permitiría que el espectador se divirtiera, pero lo único que logra con esa severidad es ahogar a su propia película. Porque por mucho que lo intente, no hay en ‘Backrooms’ reflexiones filosóficas profundas ni nada que incite a pensar. En esas ganas (comprensibles) de construir una obra relevante, de hacer “terror elevado”, es donde se evidencia la inexperiencia de Kane Parsons, que para la próxima, debería darse cuenta de que no hace falta sentar cátedra para ser eficaz.
