De la Iglesia pierde gracia en ‘La chispa de la vida’

Por | 12 Ene 12, 21:34

Muchas de las películas de Álex de la Iglesia acaban con sus personajes colgados del abismo, luchando por no caer al vacío. ‘La chispa de la vida’, por el contrario, empieza donde éstas acaban. La caída ya se ha producido. Lo que vemos son sus consecuencias. En este caso, la puesta en marcha de un circo mediático. Un circo montado sobre las ruinas de un teatro romano en el que actúan payasos disfrazados de políticos sin escrúpulos, periodistas de telebasura, publicistas avariciosos, gestores culturales egoístas… Después de la irregular pero valiente ‘Balada triste de trompeta’, la metáfora circense continúa. Pero esta vez el salto mortal sin red ha dado con los huesos del director en la lona.

El proyecto resultó sospechoso desde el principio. El poco atractivo título de la película, el guionista -Randy Feldman (‘Tango y Cash’)- y la pareja protagonista -José Mota y Salma Hayek- hicieron torcer el gesto hasta al más entregado fan del director. Nunca una película de Álex de la Iglesia había provocado tanta pereza. Y con razón. En ‘La chispa de la vida’ el ex presidente de la Academia se ha quitado el disfraz de payaso enloquecido y se ha puesto el mono de pintor de brocha gorda. El resultado es una película pintada con buena voluntad pero ensuciada con salpicaduras de metáforas gruesas y goterones en forma de toscos diálogos. Cada diatriba en voz alta de José Mota parece una llamada de auxilio del director para que vuelva Jorge Guerricaechevarría a escribir sus películas.

Tras un prometedor comienzo, donde asistimos al humillante peregrinaje en busca de trabajo de un parado de larga duración, la sátira empieza a perder eficacia por culpa de un discurso falto de toda sutileza y matices. La loable defensa de la dignidad y la denuncia de la situación de crisis actual, simbolizada en el personaje atrapado de Roberto (un correcto José Mota), se acaba diluyendo por culpa de un exceso de personajes caricaturescos (esos hijos, ese Juanjo Puigcorbé rodeado de pelanduscas), una dirección anodina y una tendencia cada vez más acusada al subrayado discursivo. Álex de la Iglesia se mira en el espejo de Berlanga, de ‘El Gran Carnaval’ (Billy Wilder, 1951) y de ‘La cabina’ (Antonio Mercero, 1972), pero solo acaba reflejando sus peores defectos como cineasta. 4.

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