‘Ruby Sparks’: Pequeña Miss Pigmalión

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‘Ruby Sparks’: Pequeña Miss Pigmalión

El síndrome de la segunda novela, del segundo disco, de la segunda película… Todo un clásico de los bloqueos creativos. ¿Cómo estar a la altura de las expectativas tras un formidable debut? Jonathan Dayton y Valerie Faris, la pareja que con ‘Pequeña Miss Sunshine‘ (2006) llevó el cine indie a las multisalas de los centros comerciales, ha tardado seis años en rodar una nueva película. Ofertas y proyectos no les han faltado –uno de los más firmes fue la adaptación de la novela de Tom Perrotta ‘Lecciones de abstinencia’ (ed. Salamandra)-, pero ninguno les convenció ni fructificó.

¿Cómo han salido de esta “crisis creativa”? ¿Cómo se han quitado la presión? Pues colocándola en primer plano y haciendo de ella el motor narrativo de su segunda película. Calvin (Paul Dano, que repite con ellos) es un escritor veinteañero que a los diecinueve causó sensación con su primera novela. Calificado como genio precoz, pasa los días bloqueado y deprimido, incapaz de sobreponerse al tormento que supone escribir su segundo libro. Hasta que un día encuentra a su musa, a su chica ideal: Ruby Sparks (Zoe Kazan, nieta de Elia Kazan y actual pareja de Paul Dano).

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Dayton y Faris vuelcan toda su angustia creativa en esta versión indie del mito de Pigmalión. Basado en un guión de la propia Zoe Kazan (conocida también por su faceta de dramaturga en el off-Broadway), los directores utilizan el referente ovidiano como sustento temático desde donde elaborar un discurso sobre las dificultades de la vida en pareja. Las tensiones entre el amor platónico y el terrenal, entre la “chica de mis sueños” y “la chica de mis pesadillas”, entre la magia del amor y su ilusión, son el cemento dramático con el que se construye la película.

‘Ruby Sparks’ no pasaría de ser una apañada comedia romántica -de estética demasiado Sundance, secundarios demasiado caricaturescos y demasiados deseos de ser la nueva ‘¡Olvídate de mí!’- si no incluyera el lado más oscuro y terrible del mito: el deseo de posesión. “Los personajes cobran vida y van por libre”. Esta típica frase de novelista se utiliza en ‘Ruby Sparks’ de forma literal, pero con un matiz. Los directores la retuercen hasta enseñar su cara más terrible: la obsesión por atrapar un ideal, por domesticar a tu pareja hasta el punto de dañarla si no se comporta dentro de los márgenes establecidos por tu imaginación. O, lo que es lo mismo, transitar el camino que va desde la luminosa ‘My Fair Lady’ (1964) a los claroscuros de ‘Átame’ (1990), para llegar a las tinieblas de ‘La piel que habito’ (2011). 7,9.

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