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‘Tierra prometida’: Pozos de ambición

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‘Tierra prometida’: Pozos de ambición

En una secuencia de ‘Tierra prometida’ aparece un ecologista dando una charla a los niños de una escuela rural. A través de ejemplos comprensibles para una mente infantil les enseña la manera en que las compañías de gas natural contaminan la tierra de sus padres y abuelos. Pues bien, en dicha secuencia parece estar contenida la nueva película de Gus Van Sant: una versión aumentada de una charla para niños, una clase didáctica envuelta en una ficción con más lugares comunes que un telefilme de los 80.

‘Tierra prometida’ iba a ser el debut como director de Matt Damon. Había escrito el guión junto a John Krasinski (Jim Halpert en ‘The Office’) y la iba a protagonizar. Pero la falta de tiempo entre rodaje y rodaje hizo que llamara a un buen amigo para que la dirigiera. Gus Van Sant, que acababa de realizar junto a James Franco ‘My Own Private River’ (documental experimental sobre su película ‘Mi Idaho privado’), aceptó el encargo. Como ya hizo con otros trabajos alimenticios, de ‘El indomable Will Hunting’ a ‘Mi nombre es Harvey Milk’, el director cumplió con su cometido.

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‘Tierra prometida’ está dirigida con oficio y corrección, sí, pero con muy poca ambición. Al igual que el documental ‘Gasland’ (2010), la película alerta sobre los peligros medioambientales del uso del fracking (técnica que consiste en inyectar en el subsuelo productos químicos y agua a presión para facilitar la extracción de gas). Pero lo hace de forma muy convencional. El problema no está en el mensaje, muy elogiable, sino en la manera de exponerlo.

La película empieza bien. Por medio de una narración ágil y fluida vemos cómo dos agentes de una compañía de gas llegan a una zona rural castigada por la crisis financiera. Gracias a la química entre Damon y Frances McDormand disfrutamos viendo cómo realizan su trabajo, cómo intentan convencer al pueblo de los beneficios económicos que les reportaría alquilar sus tierras para extraer gas.

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Pero conforme avanza la trama, la película va perdiendo interés (o gas). Van apareciendo personajes demasiado estereotipados que dan lugar a varias subtramas plagadas de clichés dramáticos: la posibilidad de un romance con una atractiva maestra solterona, el enfrentamiento con un ecologista combativo o el intento de convencer a un viejo luchador representante de los valores morales de la América eterna.

Al final, tras un giro de guión muy difícil de creer, la película acaba cayendo de lleno en la simpleza y la obviedad más absoluta. El desenlace es tan poco convincente que uno tiene la tentación de dudar sobre las buenas intenciones del filme, sobre todo si tenemos en cuenta que detrás de su financiación está la compañía de Abu Dabi Image Nation. ¿Manifiesto ecologista o propaganda anti-gas de una petrolera? 5,5.

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