‘Juego de Tronos’ mezcla ‘Los desastres de la guerra’ y ‘Sarandonga’ en su decepcionante final

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‘Juego de Tronos’ mezcla ‘Los desastres de la guerra’ y ‘Sarandonga’ en su decepcionante final

Al César lo que es del César: ‘Canción de hielo y fuego’ era una obra que se prestaba a ser adaptada, pero también una obra nada fácil de adaptar. Benioff y Weiss tenían un material de partida estupendo y jodido a partes iguales. Su adaptación podía, con los adecuados mecanismos narrativos, con el adecuado casting, con las adecuadas decisiones técmicas, darnos auténticos momentazos televisivos, pero también podía descarrilarse a la mínima que sus responsables confiasen demasiado en el producto que tenían entre manos… y ambas cosas han pasado.

Hace un par de años comentábamos que la prensa había encontrado en ‘Juego de Tronos’ lo que no habían supuesto ni ‘Fringe’, ni ‘Flashforward’ y ni siquiera ‘The Walking Dead’: ser “la nueva ‘Perdidos’”. Ahora está claro que el “fenómeno Tronos” ha llegado a superar el que supuso ‘Perdidos’, aunque en ambos casos hemos madrugado (o no nos hemos llegado a acostar) para verlo. La serie comparte también con ‘Perdidos’ las reacciones tan extremas: para algunos, esta temporada final tenía prácticamente la calidad de ‘El Barco’ y era una vergüenza lo que estaban haciendo con “su” amada serie (hola, Annie Wilkes) y, para otros, todo tenía una defensa y, si se te ocurría criticar lo más mínimo, era porque NO ESTÁS ENTENDIENDO LA SERIE NO ENTIENDES NADA NO ES PARA TI NO ERES UNO DE LOS ELEGIDOS (léase con el tono de Rocío Quillahuaman). La verdad es que no esperaba de ‘Juego de Tronos’ un final al nivel del de ‘A dos metros bajo tierra’, y a estas alturas tampoco lo esperaba al nivel del de ‘Breaking Bad’, pero sí, al menos, a la altura del de ‘Lost’. Y, desgraciadamente, no ha sido así. Atención, spoilers del final de la serie, especialmente en el último párrafo.

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Aunque es cierto que lo anterior no había sido perfecto, parece que junto al Septo de Baelor saltaron por los aires el mimo con los personajes y el ritmo narrativo, dando prioridad a quemar trama antes que a mantener un desarrollo de los personajes, y priorizando también los golpes de efecto y las necesidades de guión en la acción antes que la lógica interna que la propia serie había propuesto a sus personajes y su universo. Por supuesto, la suspensión de la incredulidad siempre ha sido necesaria en ‘Juego de Tronos’, pero, durante las dos últimas temporadas (la mitosis de Inmaculados y Dothrakis es solo un ejemplo), al espectador se le ha ido pidiendo que comulgue con ruedas de molino. Muchos no han querido, y otros lo hemos hecho a regañadientes, decepcionados pero, a la vez, curados de espanto: si en este final Daenerys hubiese dicho a lo Poochie “ahora he de irme, mi planeta me necesita” tampoco me habría extrañado demasiado. Ante situaciones involuntariamente cómicas como ésta, desde luego no ayudan supuestos “alivios cómicos” que provocan más cringe que risa (ese Consejo…) y, entre una cosa y otra, en ocasiones parecía que nos iban a meter risas enlatadas, o incluso a Lolita con su versión del ‘Sarandonga’ para rematar los gags.

Si tuviésemos que buscar dos referencias de nuestro país para explicar estos episodios, podríamos coger dicha canción y ‘Los desastres de la guerra’ de Goya, y no sería del todo disparatada dicha mezcla. En ‘Juego de Tronos’ no. Y es que, en medio de todo esto, la serie nos ha dejado lecturas sociopolíticas en su final, como había hecho durante el resto de sus temporadas. Estos últimos episodios tienen una clara temática en estas lecturas; en el ABC lo comentan barriendo pa’ casa, pero aciertan al comentar cómo ‘Juego de Tronos’ ha querido hacer un retrato de los horrores de la guerra, centrándose más que nunca en el lado menos heroico y más visceral e injusto de las batallas, y remarcando también los peligros del mesianismo político y cómo el propio pueblo puede confundir a un héroe con un tirano. Todos hemos escuchado alguna vez eso de “¿cómo es posible que la gente votase a Hitler?”, y aquí hemos visto una representación en Daenerys. Una representación, eso sí, de trazo grueso, que es lo que decimos que ha lastrado gran parte de las otrora cuidadas tramas políticas y relaciones entre personajes. Otro gran perjudicado ha sido Tyrion: asesinó a su padre y a Shae, pero en una escena eliminada debió asesinar también su propia personalidad. Solo así se explica que el que fue durante años el mejor personaje de la serie, dándonos una de las mejores escenas de ésta -y sin necesidad de muertes ni grandes giros de guión-, haya acabado convertido en una caricatura inútil con leves momentos de lucidez.

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Por supuesto, este último episodio ha tenido aspectos positivos, y merecen una mención especial esos planos iniciales de Daenerys/dragón y su ejército, junto a las huellas de la destrucción, o la metafórica reacción de Drogon a la muerte de su madre. También el emotivo momento de Tyrion encontrando a sus hermanos (sí, suspensión de la incredulidad a tope, pero ha sido bonito, tampoco nos pasemos) o su discurso cuando intenta convencer a Jon (por un momento pensé que iba a empezar a recitar el poema de Niemöller). Y por supuesto que veríamos un spin-off de las aventuras de Arya Colón (y otro de Sansa diciéndole “please, sit” a mediocres varios), al igual que hemos seguido esta última temporada aún con tantos quebraderos de cabeza. No la hemos seguido, además, de cualquier manera: como ya comentamos al analizar el 8×03, estamos de acuerdo en ese sentir(5) de que ‘Juego de Tronos’ ha sido quizás la última gran serie-evento que veremos juntos. Pero, justo por eso, es especialmente agridulce que su despedida no haya estado más cuidada.

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