Televisión

Masterchef 8, la edición de los gallos y los cuchillos afilados, cae del lado de la modestia y la gentileza

Masterchef 8 terminaba anoche con una audiencia espectacular, por encima del 30% del share. Fue la segunda final más vista de la historia de la franquicia en España, lo que da una idea de la incombustibilidad del formato. Por más años que pasen, por más que se diversifique en ediciones Junior (cada vez más insufribles) y Celebrity (un saludo a Willy Bárcenas de Taburete), superadísima la ausencia de Eva González –no hay duda que el haber potenciado el papel de los jueces ha sido beneficioso–, el talent show de cocina por antonomasia se crece edición a edición, incluso aunque sus castings se aproximen cada vez más a los de Gran Hermano (R.I.P.).

En ese caso, la presencia de Saray (autora del ya mítico –para mal– plato «Ave muerta encima de un plato») y Fidel (el cantante del grupo garajero Los Wilds pasa a la historia del programa por sus gestos… y ya) fue accesoria y bufonesca, y por un momento pareció estar a punto de dar al traste con la gastronomía en el programa, mientras que el bonachón con mala leche Michael y la abuelita sibilina Juana aguantaron muchos más de lo que parecía.

Pero esta edición pasará a la memoria como la de los gallos y los cuchillos afilados. Gallos como el abogado (léase al estilo De Niro en ‘El cabo del miedo’) Andy e Iván (el macho alfa gallego), que tras meses de pique ante las cámaras (seguramente no fuera tan así detrás), dejaron atrás a Jose Mari, el otro chistoso y pérfido que quedó en el camino preso de su propia soberbia. Y se metieron en la final: el primero, tras ser el mejor en la primera prueba de la final siguiendo en cocina una elaboración de Martín Berasategui, callando muchas bocas ya de forma incontestable; el segundo, destacando en las cocinas de El Bohío de Pepe Rodríguez (que lamentó la situación de la hostelería con la pandemia, que está llevando a cerrar incluso a los «estrellas Michelín») ante la pareja carpetera oficial de la edición: el discreto pero trabajador Alberto y la histriónica Luna, que llegó hasta ahí con un evidente toque de chiripa.

Y ambos se plantaron con su al menos aparente exceso de confianza y testosterona junto a Ana, una joven y discreta joyera de Madrid que si había destacado a lo largo del programa había sido por su modestia, gentileza y afabilidad en el nido de aves carroñeras que se había ido convirtiendo el programa, sobre todo en unas pruebas de exteriores cainitas en las que algunos no dudaban en tirarse a un precipicio si con ello hacían que sus rivales cayeran con ellos.

Ana volvió renovada tras el parón del rodaje del programa por el coronavirus. Si ya en los programas anteriores a ese trance comenzó a destacar cuando cocinaba en solitario, algo debió hacer clic en ella en las semanas de confinamiento que la dio ser consciente de sus capacidades, si bien no se vanaglorió de ello en ningún momento. Y finalmente fue ella, con sencillez, trabajo e inteligencia, la que supo conquistar al jurado, incluido el eminente Joan Roca. Masterchef 8 ha sido, a su manera, una lección vital de esas que se propugnan en las películas Disney: en un entorno agresivo, visceral y machirulo, triunfó el buenismo. ¿Cuánto decís que falta para Masterchef 9?

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Publicado por
Raúl Guillén
Tags: masterchef