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Ser ‘Maricón perdido’ en los años 80, según Bob Pop

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Ser ‘Maricón perdido’ en los años 80, según Bob Pop

El Orgullo de 2021 ha dejado un sabor muy amargo en la comunidad LGTB+ debido al asesinato homófobo de Samuel Luiz al grito de «maricón de mierda». Jóvenes gays gallegos explicaban en El País estos días que «Madrid y Chueca son un oasis» y no la norma, y cualquier madrileño sabe que, si bien nuestra ciudad es un ejemplo internacional de tolerancia y una capital importante para el colectivo, por ejemplo una de las ciudades del mundo en la que más hombres vemos pasear de la mano, sólo hay que alejarse 2 kilómetros del centro para que las cosas cambien. El Observatorio Madrileño registró en 2019, 321 incidentes de odio contra personas LGTBI en la Comunidad de Madrid.

En una sociedad en la que España fue pionera en el reconocimiento del matrimonio gay, y ahora se ha aprobado la ley trans aunque haya sido a trancas y barrancas, sería pesimista concluir que no hayamos avanzado. Pero el repunte del discurso del odio en los últimos años es una realidad estadística, y una batalla que librar durante los próximos meses y años. ‘Maricón perdido’, la serie que se ha estrenado también estos días, nos lleva a un pueblo no demasiado lejano de Madrid durante los años 80, solo para mostrarnos un relato demasiado parecido a lo que estamos presenciando estos días.

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Lo que cuenta la serie es una versión 90% fiel a la realidad de la vida de Bob Pop -una de las voces más visibles en los últimos años de la comunidad- desde los tiempos en que es el marginado de la clase al grito de «maricón» y a pedrada limpia, como tantos otros niños del mundo; hasta su vida como escritor, pasando por el descubrimiento del sexo, a veces de manera traumática a través de «masajistas» y en otras ocasiones con una vocación más romántica.

Con una influencia evidente de la estética de Los Javis de ‘Veneno’ (más que del Almodóvar de ‘Dolor y gloria’), Alejandro Marín dirige estos 6 capítulos que se ven en una sentada y remueven muchas cosas al espectador sensibilizado con esta y otras causas (Bob Pop tiene sobrepeso y le diagnostican esclerosis múltiple), destacando la labor de secundarios. Sobre todo ese padre opresor del que sólo conocemos la voz y las hostias, y una madre de comportamiento errático, interpretada por una camaleónica Candela Peña que, como siempre, está sublime.

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Miguel Rellán y Alba Flores aparte, la elección de actores desconocidos para el papel protagonista (Gabriel Sánchez, Carlos González) es un plus en esta ficción que nos lleva a los tiempos en que David Bowie sirvió como referente para muchos, y el cruising fue un refugio de placer y una manera de la que salir desplumado y estafado, una manera de alimentar y destruir nuestra autoestima. Christina Rosenvinge canta sobre todo ello en la canción original compuesta ad hoc llamada ‘Ese chico’ (también la encontramos entre quienes recomiendan la reedición del primer libro de Bob Pop, ‘Mansos’).

Seis capítulos que, pese a la ausencia del humor que identifica a Bob Pop, autor del guión, se hacen cortos, pues son varias las historias que habrían consentido un mayor desarrollo; y para los que se ha escogido un final algo experimental con sus más y sus menos. Mucho mejor resuelto el encuentro de Bob Pop consigo mismo en un cuarto de baño, que la secuencia con los obligados cameos de quienes han apoyado al protagonista.

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