Quantcast
- Publicidad -

John Grant / Boy from Michigan

Lo mejor: 'Boy from Michigan', 'Country Fair', 'The Cruise Room', 'Mike and Julie', 'Dandy Star', 'The Only Baby'
Te gustará si te gusta: Rufus Wainwright, John Grant en su faceta más Elton John.
Escúchalo: 'The Only Baby'

John Grant es el tema preferido de John Grant. Desde su debut en solitario, ‘Queen of Denmark’, ha cantado a su periplo vital y ha exorcizado sus demonios: adicciones, auto-odio, el tortuoso camino hasta aceptar y vivir libremente su homosexualidad… ‘Boy from Michigan’ sigue siendo una obra completamente autobiográfica. Pero esta vez se presenta como si de un musical se tratara, dividido en tres partes: la infancia en (obviamente) Michigan, mostrada con nostalgia, pero también como el amanecer de sus traumas; la lucha contra sí mismo y su deseo durante la juventud y una parte final que mezcla deriva política con deriva vital.

Grant, que siempre se rodea bien, cuenta esta vez con la enorme Cate Le Bon como productora y arreglista; Le Bon toca, además, el bajo y la guitarra en muchos temas, mientras Grant se hace cargo de los sintetizadores. Le Bon otorga a ‘Boy from Michigan’ un ambiente cinematográfico, algo misterioso, con toques de vanguardia, de pop sintético y progresivo. Pero también aplica un sonido concreto de soul sofisticado de los ochentas, a lo que añade un algo del Bowie de la época, del Brian Wilson crepuscular (como si ‘Scary Monster’ fuera la guía y ‘Surf’s Up’ el faro) y del Elton John de los setenta.

- Publicidad -

El resultado es de una intensidad recogida, de una apostura recia y clásica. Las canciones son de desarrollos largos. A pesar de la exuberancia que se percibe, no han querido cargar tintas en arreglos o melodrama. Grant aparca el tono de vodevil que caracterizaba a ‘Love Is Magic‘ y regresa a terrenos más introspectivos, aunque sin alcanzar las simas de ‘Queen of Denmark’ o ‘Pale Green Ghosts‘. Este es un Grant reflexivo, serio, que sigue gustando del sonido de sintetizadores añejos, de coros beachboyescos… Y de explicar largas historias. Grant continua más concentrado en la canción-como-relato- que en la canción-por-la-canción. Pero esta vez resulta infinitamente más cautivador que en el anterior álbum.

El inicio se deja esperar. Una introducción bastante tubular da lugar a la homónima ‘Boy from Michigan’, un número de soft soul sofisticado y sedoso, muy ochentas (saxofonista incluido), muy Bowie. Grant desgrana su niñez, la de ese «chaval de Michigan». Nos va mostrando fogonazos de vivencias y remata con un amargo estribillo: «Beware when you go out there / They’ll eat you alive if you don’t take care / They have different rules they’re using / The American Dream can cause scarring and some nasty bruising (“Ten cuidado cuando salgas ahí fuera / te comerán vivo / Ellos usan diferentes reglas. El sueño americano puede causar cicatrices y algunos moratones feos»). Ese “go out” puede entenderse en el doble sentido, de salir del entorno protegido del niño, pero también como salir del armario; dos salidas que pueden resultar peligrosas para Grant en el incierto mundo exterior. El tema cierra entre nubarrones instrumentales desasosegantes, rayanos en cierta locura jazz-prog, y el ruego de su amigo a no bajar la guardia y a regresar algún día.

- Publicidad -

La desazón deja paso a una de las piezas más hermosas y redondas de todo el disco: ‘Country Fair’ es una viñeta de aliento melancólico y poético, en la que la imagen de una hermosa noche de verano en la feria deja una impresión imborrable en Grant. La melodía y arreglos son propios de gran cantautor pop. Grant canta vulnerable, dulce, y se abre paso en el estribillo acompañado por coros celestiales y el bajo de Cate. El ambiente nostálgico se enturbia en el tema más synth-pop del disco, casi marcial, ‘The Rusty Bull’. Pero los coros surferos reaparecen al final y lo que parece un tema duro alcanza cierta luminosidad, a pesar del ritmo de batería sintética y de bajo oscuro, postpunk, por la manera en que entona Grant, por cómo añaden luz los coros, por la euforia subterránea que la recorre. Como protagonista de la canción, la estatua de un toro oxidada, que representa el miedo a que su padre sepa su homosexualidad, el miedo al rechazo.

Grant se disfraza de Rufus Wainwright en la pianísitica y conmovedora ‘The Cruise Room’, punteada por un precioso clarinete, hacia territorios de 10cc, vocoders y un final casi épico. Ese recuerdo brumoso, más melancólico que doloroso, de los primeros encuentros con hombres se enlaza con ‘Mike and Julie’. Este tema descansa sobre unas líneas de sintetizadores de ciencia ficción añeja; un clarinete aparece de manera intermitente, para dotar de una naturalidad jazz esta fabulación de sonido onírico pero de contundente realidad, en la que John desnuda todo ese odio que sentía hacia sí mismo por sentir lo que sentía; Grant le confiesa al Mike del título: “You know what you want and I’m much too afraid / And I only feel shame and that makes me feel rage / At myself” (“Sabes lo que quieres y tengo mucho miedo / Y sólo siento vergüenza y eso me hace sentir rabia / Hacia mí mismo»).

A estas alturas del disco ya una está más que reconciliada con Grant. Pero hay algún bache en el camino que rebaja el entusiasmo: ‘Best of Me’ es Daft Punk en regular. ‘Rethorical Figure’, un Bowie tontorrón. ‘Your Portfolio’, una pieza demasiado forzada, de voz distorsionada y un punto de vanguardia, pero que no acaba de salir bien.

Por suerte, Grant se recupera en ‘Dandy Star’, que roza la ópera rock-sinfónica. El paisaje se vuelve misterioso entre fragmentos de piano, hasta acabar como si fuera la banda sonora de una película de terror de los setentas. Y la pieza más destacada: ‘The Only Baby’. Una balada de más de nueve minutos y medio, de letra apocalíptica sobre la deriva de Estados Unidos, en que brilla la faceta más Elton de Grant. Hay sintetizadores vintage, hay breves interludios de coros siniestros con toque prog… Pero que no nos engañen: su clásica y hermosa melodía setentera, y la interpretación de Grant son todo. Y, como para paliar tanta intensidad, ‘Billy’, tan sofisticada como pizpireta y morosa, con un hermoso saxo y un final desatado, entre coros beachboyescos, que enmarcan un diálogo con un antiguo amante. Una historia de agradecimiento, amor… y lealtades rotas por el afán de perseguir el mito de la masculinidad tóxica. «That we’re both disappointments / To so many folks in this society. So we continue with the task of punishing ourselves / Members of the cult of masculinity». «Que ambos somos decepciones / Para tanta gente en esta sociedad. Así continuamos con la tarea de castigarnos / Miembros del culto a la masculinidad».

Discos recomendados