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Aquel concierto de Belle & Sebastian del 11-M, en el «Episodio Nacional» de Sabina Urraca

Belle & Sebastian no fue al principio de su carrera un grupo tan fácil de ver en directo como después. Sacaron un par de sus mejores discos a mediados de los 90, ‘If You’re Feeling Sinister’ y ‘Tigermilk’, pero no fue hasta el cambio de siglo cuando se empezaron a popularizar realmente de manera internacional. Su carácter retraído y esquivo propició que al principio tocaran poco. Su concierto en el FIB de 2001 fue un acontecimiento, se esperó con un grado de excitación máximo. La carpa sudaba, no cabía ni un alfiler. El año siguiente los pasaron al escenario grande, el mismo que encabezaban Radiohead. Los más indies del lugar criticaban que se hicieran grandes, incluso un año antes de que publicaran ‘Dear Catastrophe Waitress’ en Rough Trade.

Cuando anunciaron la presentación de este disco de 2003 en nuestro país, en Madrid, Valencia y Barcelona, la visita continuaba siendo excepcional: la mayoría de sus seguidores no habían podido verlos aún. Entonces no sabíamos que los de Stuart Murdoch se convertirían en un reclamo para festivales de todo pelaje, desde Jazzaldia al Low, ni tampoco que la Sala Aqualung, que había acogido a David Bowie durante los 90, dejaría de existir tal y como la conocíamos. Belle & Sebastian programaron el concierto de Madrid el 10 de marzo de 2004, pero por exceso de demanda se añadió una segunda fecha el 11 de marzo. Aquel 11 de marzo el país amaneció con una noticia terrible: unos atentados en la red de Cercanías de la capital se llevaban la vida de 192 personas.

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Aquella mañana algunos artistas enviaron comunicados de condena al atentado en principio atribuido por el gobierno del Partido Popular a ETA, siendo después reivindicado por Al-Qaeda. Todos los madrileños recordamos aquel día con horror y cierto tabú: rara vez alguien lo mencionará jamás socialmente o te preguntará dónde estabas cuando, porque para qué. Ni la amiga que cogió el autobús llorando para ir a su puesto de trabajo porque la Renfe estaba cerrada, en lugar de irse a casa. Ni aquel que se encerró en el baño de la oficina porque no podía trabajar. Las llamadas de padres, tíos y hermanos, las caras de preocupación y desconfianza en el metro. El personal de seguridad revisando papeleras durante meses o años, hasta que después, como todo, el miedo se olvidó. La confusión fue palpable aquel día en un mundo sin redes sociales, pero lo que es el concierto de Belle & Sebastian de Aqualung sí se celebró, aunque Setlist diga que no. Y este año es el fondo de un libro publicado por Sabina Urraca cuyo título se debe a una canción del grupo, ‘Soñó con la chica que robaba un caballo’ (‘Judy and the Dream of Horses‘).

Sabina Urraca, conocida por practicar el periodismo gonzo, es una de las invitadas de una colección ideada por la Editorial Lengua de Trapo en la que se quiere recoger su visión de acontecimientos de la historia española durante las cuatro últimas décadas. El referente son los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós: diversos autores publican una serie de libros que recuerdan también la expropiación a Rumasa, la defensa del Estatuto de Autonomía andaluz, el 15-M, las Olimpiadas de Barcelona o los atentados de las Ramblas.

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Sabina Urraca, de humor inteligente y pluma mordaz, como se vio en aquel artículo absolutamente histórico y delirante sobre un BlaBlaCar compartido con Álvaro de Marichalar, no ofrece una visión política ni lacrimógena sobre el 11-M. Su libro habla más bien de inadaptados, salud mental y autodescubrimiento a través de una pareja de jóvenes que está simplemente aprendiendo a sobrevivir al mundo. Cuando las bombas estallan, de alguna manera también lo hace su mundo interior, aunque los atentados no tengan nada que ver con ellas. Por eso termina siendo tan pertinente que Belle & Sebastian aparezcan una y otra vez, de soslayo, en esta narración.

La autora se ha defendido de las críticas que la acusan de violencia sexual innecesaria o falta de respeto por las víctimas por este libro, recordando que la literatura no está aquí para reconfirmar nuestras ideas ni para que nos identifiquemos con los personajes. Urraca tan sólo se vale de un entorno que nos resulta familiar para después llevar su libro hacia un lugar completamente diferente. De una primera parte turbadora en la que la autora se sigue revelando como una escritora personal y peculiar, libre e imprevisible, pasamos a una segunda que se convierte en un thriller inesperadamente efectivo y adictivo. Al término de estas 100 páginas que se devoran pese a su complejidad, y enfrentado de nuevo a una fotografía del año 2004, el lector solo puede preguntarse qué queda de lo que conoció entonces.

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