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‘La casa Gucci’: papel cuché sin alma

«Prefiero llorar en un Rolls-Royce que ser feliz en una bicicleta». Por esta frase, entre otras cosas, pasará a la historia Patrizia Reggiani, la mujer que se casó con Maurizio Gucci, nieto del fundador de la firma. Es por eso, quizá, que en ‘La casa Gucci’ vemos en varias ocasiones al personaje de Maurizio, interpretado por Adam Driver, pasearse por la ciudad en su bicicleta, lozano y con una destreza solo vista en Berlín, pese a ser un rico heredero que podría ir con chófer a todas partes.

Es ‘La casa Gucci’ -‘House of Gucci’ para quien lleve esperando este estreno varios meses- una historia de ricos y pobres, de trepas y defraudadores a Hacienda, de gente acostumbrada al glamour y al lujo contra gente que no sabe quedarse callada si no distingue un Klimt de un Picasso. Dirigida por Ridley Scott basándose en el best-seller de Sara Gay Forden sobre la vida de la familia Gucci, la película trata de acercarnos a lo largo de 158 minutos a la que es una de las historias más truculentas de la alta costura.

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El éxito de revistas como Hola o Vogue ha tenido que ver siempre con lo aspiracional. La gente ve casas y modelazos con los que solo puede soñar y de alguna manera se siente reconfortada. Como si los pudiera acariciar por unos instantes. ‘La casa Gucci’ nos da las mansiones y los lujos de esas revistas, con una dirección artística y vestuario estupendos, pero como película desperdicia la oportunidad de adentrarse en tan fascinantes personajes para quitarnos el sueño como correspondía a tan rocambolesca historia.

Y si ‘La casa Gucci’ no transmite desde luego no ha sido por falta de actores: la familia Gucci está aquí interpretada por Al Pacino, Jeremy Irons y Jared Leto. El papel principal, Maurizio, es interpretado por Adam Driver, seguramente el mejor actor que hay en la actualidad, cautivador en cada plano, en todos sus peinados, enfadado o enamorado. Y Patrizia es Lady Gaga, muy crecida tras el taquillazo de ‘Ha nacido una estrella‘, aquí bastante convincente tanto como humilde empleada de un negocio familiar, como de pérfida manipuladora. Su futuro en Hollywood llegará adonde ella quiera, y tras la frialdad con que la industria musical y el público reciben joyas recientes de su discografía y videografía como ‘911‘, yo no me lo pensaría. Si lo de esta película sale mal, pues no se sabe si la cinta está más bien en la carrera de los Oscar, o en la de los Razzies (como hace poco ‘Bohemian Rhapsody‘), el Oscar podría ser suyo cualquier otro año: es ella casi siempre quien sostiene todo esto.

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Si no llegamos a conocer prácticamente nada que no supiéramos de Maurizio ni de Patrizia es porque todo lo que el guión adaptado por Becky Johnston y Roberto Bentivegna ha tenido de generoso en minutaje, lo ha tenido de poco profundo. A lo largo de estas casi 3 horas, el público es incapaz de comprender dónde empieza y termina el amor entre parejas, tíos y sobrinos o padres e hijos; en qué momento Patrizia pierde totalmente el juicio y cuánto pinta en ello su amiga pitonisa televisiva (Salma Hayek); o cuándo y por qué Maurizio se vuelve ambicioso después de haber sido capaz de renunciar a todo por amor. En una escena en que Patrizia le grita que se ha casado con un monstruo, él responde, chanante: «No. Te casaste con un Gucci». ¿De verdad ese era el personaje que llevaba hablando dos horas?

Habríamos esperado un mejor acercamiento psicológico a estos personajes por parte del director de ‘Thelma y Louise’, pero nunca llegas a saber quiénes son, por lo que los hechos van sucediéndose en ‘La casa Gucci’ sin que te afecten lo más mínimo. El clímax de la película se resuelve de mala manera en 2 minutos, después de 150 de tedio, a los que contribuye una incómoda indecisión entre lo camp -lo grotesco- y lo serio. No hay problema en escuchar a todas estas personas supuestamente italianas hablando en inglés y chapurreando en italiano ocasionalmente, sobre todo si ninguna de las dos es tu lengua materna; pero sí es llamativa la función del personaje de Jared Leto en la cinta. ¿Cuán kitsch pretende ser? Su personaje, un «loser» llamado Paolo Gucci, pone la nota de humor meando en un pañuelo o soltando de repente que «no se confunde la mierda con el chocolate». Es imposible decidir si sale demasiado poco, porque se echa en falta algo de humor deliberado o no; o si sale demasiado, porque te impide ahondar en la historia de Maurizio y Patrizia.

En un intento de última hora por convertir ‘La casa Gucci’ en un artefacto pop, se ha aliñado con todo tipo de canciones procedentes de los 70 y los 80. Algunas cosas suenan más o menos OK en este contexto, como Donna Summer, Bowie o Blondie, pero hay elecciones que realmente estorban: cuando suena ‘Faith’ en la escena de la boda, parece que alguien se ha dejado el compact-disc de George Michael encendido sin querer en la mesa de sonido, mientras la elección de una versión de ‘Baby I Can Hold You‘, la obra maestra de Tracy Chapman, en una de la escenas cumbres del film, es todo un coitus interruptus, paradójicamente. Ahí ya simplemente no tienes ni idea de lo que acabas de ver. Descartado un thriller con este fondo, ¿nos han contado una historia de amor? ¿Una parodia de la clase adinerada? ¿Una historia de lucha de clases? ‘La casa Gucci’ es como ir al dentista y abrir el Hola, si es que todavía abres el Hola porque, pongamos, tu móvil se ha quedado sin batería: pasas las páginas, miras las fotos y aprecias qué casas tan bonitas, pero sin que nadie revele jamás qué se esconde detrás de las cortinas.

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